COMPARTE

Por: Clara Henao y Camila Montoya.

En plena antesala de la conmemoración del 8M se hace común escuchar discursos de igualdad, perspectiva de género y derechos de las mujeres, sobre todo en el marco electoral que recorre al país por estas fechas. Pero avanzar hacia la emancipación de la mujer en los territorios sigue siendo lejano cuando incluso en las ciudades centrales nos seguimos enfrentando a políticas segregacionistas, sobre-burocráticas y en suma ineficientes.

Las ciudades han resultado ser un territorio en ocasiones hostil y en gran medida violento para las mujeres, en especial las de la clase popular y los sectores históricamente excluidos. Entendiendo que las urbes son el centro no solo de la economía, sino también de la cultura, las prácticas sociales y la reproducción de un sistema que nos sigue explotando.

Cabe entonces señalar, que la seguridad de las mujeres implica vivir sin violencia física, sexual, psicológica y económica, que según la justicia y legislación ordinaria supuestamente se garantiza con la Ley 1257 de 2008 en nuestro país. Sin embargo, el 75% de los casos de violencia de género son contra las mujeres según la UN Women, principalmente a mujeres entre los 29 y 59 años, siendo las ciudades un territorio central en el que se registran estos casos. Ciudades como Bogotá han implementado Consejos Locales de Seguridad para las Mujeres CLSM, sin embargo, las cifras reportadas sobre violencias de género dan como resultado que Bogotá es una de las ciudades con más casos.

En ese sentido, se necesita más allá de políticas que regulen y garanticen espacios libres para las mujeres, estrategias políticas que transformen nuestro entorno desde el ámbito privado, desde los hogares, familias y los espacios colectivos como organizaciones, trabajo comunitario y sociedad en general. Que reivindique y reconfigure el lugar de las mujeres en el mundo, y que se genere una verdadera consciencia por transformar nuestra realidad, los sistemas de dominación que por medio de una cultura de hegemonía sigue reproduciendo el machismo como práctica social y colectiva.

La escritora y antropóloga argentina, Rita Segato, lo plantea como un sistema mucho más antiguo que el capitalismo: “Probablemente porque si bien el multiculturalismo no erosionó las bases de la acumulación capitalista, sí amenazó con corroer el fundamento de las relaciones de género, y nuestros antagonistas de proyecto histórico descubrieron, inclusive antes que muchos de nosotros, que el pilar, cimiento y pedagogía de todo poder, por la profundidad histórica que lo torna fundacional y por la actualización constante de su estructura, es el patriarcado.” (Segato, 2016), en ese sentido el patriarcado termina siendo el cimiento para los sistemas de dominación de todos los tiempos.

Si bien nuestro país ha desarrollado políticas que se inclinan a implementar enfoque de género como el Ministerio de la Igualdad, es evidente que muchas de las medidas estratégicas que lo rodean dejan mucho por desear, sin ir muy lejos la existencia misma del ministerio está condicionada hasta junio de este año por un vicio de procedimiento en su creación.

Esto nos inclina a preguntarnos cómo es realmente una ciudad pensada para las mujeres y cómo se garantiza nuestra seguridad en los territorios. Dentro de la lógica capitalista la ciudad no es más una herramienta que facilita la circulación del mercancía y su infraestructura gira en la movilidad laboral y zonas financieras, no deja cabida al cuidado y mucho menos al trabajo doméstico, pensarse la habitabilidad de la ciudad para las mujeres en torno a que ‘falta iluminación’ sigue reproduciendo las estructuras en la lógica del mercado. Como también que se incline a que las políticas de prevención van encaminadas a la ‘educación’ de la mujer y no a la corrección en las prácticas sociales de la sociedad machista.

Bajo esa cultura machista atravesada con la dinámica del mercado, no tendríamos casos de trata de personas, donde hay mujeres y niñas siendo víctimas de abuso, como en tantos casos en nuestro país y escándalos como el de Epstein que ha salpicado al mismísimo fascista Donald Trump y a personajes cuestionables como Andrés Pastrana. Como también la falta de oportunidades para las mujeres en todos los ámbitos: laborales, académicos, deportistas y artísticos.

La lógica de colonizar y privatizar no solo la tierra sino el cuerpo de las mujeres, ha llevado a generar políticas sobre el cuerpo de las mujeres. O en otros casos como la participación de las mujeres en la política, en extremo reducida, y en los casos en que si ocupan roles de poder, casi siempre es a favor del mercado, como si fuera la única forma válida de hacer política para una mujer. Y un sin número de ejemplos más sobre la manera en la que la mujer habita la ciudad, participa de los espacios políticos y tiene un lugar en la cultura de la actual sociedad.

Es necesario reconocer que este sistema capitalista, colonial y machista, es la raíz que descompone y devora nuestra sociedad. Hasta que no se transforme un sistema de cuidados, el lenguaje con el que se habla de las mujeres y las diversidades de género, nuestro lugar en los territorios como la ciudad, nuestra agencia política y sobre todo las dinámicas de dominación que sostienen dicho sistema; cualquier propuesta de cambio estará incompleta. Que en palabras de Segato plantea: “Eso lleva a pensar que mientras no desmontemos el cimiento patriarcal que funda todas las desigualdades y expropiaciones de valor que construyen el edificio de todos los poderes —económico, político, intelectual, artístico, etc.—, mientras no causemos una grieta definitiva en el cristal duro que ha estabilizado desde el principio de los tiempos la prehistoria patriarcal de la humanidad, ningún cambio relevante en la estructura de la sociedad parece ser posible —justamente porque no ha sido posible—.” (Segato, 2016).

En efecto, es tarea de las mujeres que hoy habitamos los territorios, generar transformaciones en todos los ámbitos públicos y privados, que se cuestionen los roles de género. Siendo las mujeres un pilar en la construcción de tejido social, de memoria colectiva, de saber ancestral, intelectual y artístico. Como también siendo un elemento central en las luchas del pueblo, la defensa del territorio y la construcción de poder popular. Las mujeres tenemos un papel fundamental en el cambio de esta sociedad, que nos demanda una responsabilidad significativa, que desde los diferentes sectores sociales lograremos victorias populares que nos lleven hacia una sociedad libre con justicia social. Así como la consigna: ¡no se va a caer, lo vamos a tumbar, no solo al patriarcado, también al capital!


COMPARTE