
Por: Orlando Cienfuegos, corresponsal de Antorcha.
La reciente desclasificación de millones de páginas de archivos judiciales relacionados con Jeffrey Epstein volvió a poner en el centro del debate un escándalo que nunca fue solamente policial. Más de tres millones de páginas, miles de fotografías y vídeos, y una libreta de contactos con nombres que atraviesan la política, los negocios y la farándula mundial, reabrieron una pregunta incómoda: ¿cómo pudo operar durante décadas una red de explotación sexual de menores bajo la complicidad -y en medio— de las élites más poderosas del planeta?
Jeffrey Epstein no era un marginal. Era un financiero con acceso privilegiado a expresidentes de Estados Unidos, magnates tecnológicos, miembros de la realeza británica y empresarios globales. En 2008 logró un acuerdo judicial extraordinariamente favorable en Florida, pese a que ya existían denuncias sólidas de abuso contra menores de edad. En 2019 fue arrestado nuevamente por cargos federales de tráfico sexual de niñas. Murió en prisión semanas después, oficialmente por suicidio, en circunstancias que hasta hoy generan desconfianza pública.
La red criminal de trata de personas, explotación sexual y pederastia de Epstein expone el modo en que el poder económico y político crea zonas de impunidad. Epstein no solo reclutaba jóvenes vulnerables, también cultivaba relaciones con multimillonarios y figuras influyentes. Documentos desclasificados muestran borradores de cartas y mensajes en los que insinuaba conocer secretos íntimos de hombres poderosos. En un borrador dirigido al magnate Leslie Wexner y dueño de Victoria’s Secret, Epstein recordaba “cosas compartidas” durante años y aclaraba que no tenía intención de divulgar “confidencias”. El tono oscilaba entre la lealtad y la amenaza. No se trataba solo de amistad: era una red de favores, silencios y dependencias.
Ese patrón se repite en comunicaciones con otros empresarios pervertidos, donde Epstein sugería haber gestionado pagos o situaciones delicadas relacionadas con acusaciones sexuales. Aunque no todos esos nombres han sido acusados formalmente, la pregunta es inevitable: ¿qué tipo de vínculos permiten que un depredador sexual condenado mantenga acceso privilegiado a la cúspide del poder mundial?
Del otro lado están las víctimas. Maria Farmer denunció ante el FBI en 1996 que Epstein había robado fotografías personales de sus hermanas menores y que la había amenazado para que guardara silencio. Durante décadas su testimonio fue minimizado. Tras la publicación de nuevos archivos, dijo sentirse reivindicada. Su historia revela algo más profundo que un crimen individual, muestra cómo el sistema ignora a mujeres jóvenes cuando sus acusaciones apuntan hacia hombres ricos.
Epstein también entendía que la información es poder. Diversas investigaciones periodísticas han señalado su interés en perfilar figuras públicas y monitorear debates políticos sensibles. En ese terreno, la frontera entre crimen sexual e influencia política se desdibuja. Un ejemplo de esto fue la lista con la cual Epstein y el entonces ministro de asuntos exteriores de Israel perfilaron marcas y personalidades que catalogaron como anti-Isreal y pro-palestinos, entre los que se incluyó al músico de Pink Floyd Roger Waters. Cuando la explotación se combina con la acumulación de secretos, lo que emerge no es solo perversión, sino capacidad de chantaje y manipulación.
El caso Epstein desnuda la doble moral de las élites occidentales que se presentan como guardianas de la democracia y los derechos humanos mientras en sus círculos íntimos proliferan abusos, silencios y complicidades. ¿Con qué moral la élite política estadounidense se atreve a criticar a Cuba y Venezuela tildándolas dictaduras, mientras sus dirigentes están vinculados a casos de trata de personas, explotación sexual infantil y pederastia?.
El caso Epstein no solo es perversión, es el reflejo del poder en el capitalismo global: concentración extrema de riqueza, acceso privilegiado a la política y un sistema judicial que, casi siempre, castiga con dureza a los débiles y encubre a los poderosos. La verdadera desclasificación no debe ser solo de archivos, debe ser de un orden mundial que protege a sus élites mientras exige moralidad al resto. Mientras tanto, los pueblos del mundo exigimos verdad y justicia para las víctimas y la ruptura de las redes de impunidad. El dinero no puede seguir comprando silencio. La dignidad de las mujeres y niñas explotadas no puede quedar subordinada a la reputación de multimillonarios.
