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Por: Eliecer López, corresponsal de Antorcha.

La vida cotidiana en Cuba transcurre hoy entre apagones prolongados, escasez de combustible y una economía que sigue en pie de lucha. En barrios de La Habana, Santiago o Camagüey, las noches vuelven a iluminarse con velas mientras el sistema eléctrico colapsa por falta de petróleo. Detrás de esta crisis energética que golpea el transporte, la producción y la vida doméstica aparece un factor central: el endurecimiento de la presión de Estados Unidos sobre el país. Lo que ocurre hoy en Cuba no es un episodio aislado, sino la prolongación de un bloqueo histórico que sigue creciendo con crueldad.

La crisis energética alcanzó niveles inéditos en 2026. En las horas de mayor demanda, los cortes eléctricos han dejado sin luz a gran parte del territorio nacional. El sistema electroenergético atraviesa una situación crítica debido a la escasez de combustible y a la fragilidad de muchas plantas generadoras que operan con equipamiento envejecido.

En varias provincias los apagones pueden extenderse durante la mayor parte del día, afectando el funcionamiento de hospitales, el transporte público, las escuelas y la conservación de alimentos. La falta de diésel y fueloil también ha paralizado parte de la generación eléctrica distribuida, un componente clave para sostener el suministro cubano.

El resultado es visible en la vida diaria: ciudades enteras sumidas en la oscuridad por horas, industrias que trabajan a media capacidad y un aparato productivo limitado por la falta de energía.

La crisis actual no puede entenderse sin mirar el trasfondo histórico. Desde 1962, Estados Unidos mantiene un embargo económico, comercial y financiero contra Cuba que restringe su acceso a mercados internacionales, créditos y tecnología. Impuesto tras el triunfo de la Revolución Cubana liderada por el comandante Fidel Castro, el bloqueo buscó asfixiar económicamente al nuevo proyecto político surgido en 1959. Sin embargo, durante más de seis décadas Cuba ha construido una identidad marcada por la resistencia frente a esa presión externa. A pesar de las sanciones, el país sostiene políticas sociales y defiende su soberanía, convirtiéndose en un símbolo de resistencia política en América Latina. Hoy, la crisis energética vuelve a mostrar cómo ese conflicto histórico sigue teniendo efectos directos en la vida cotidiana del pueblo cubano.

Durante más de seis décadas, estas sanciones han buscado asfixiar económicamente al país para provocar un cambio político interno. Con el paso del tiempo, las medidas se han ampliado: penalizaciones a empresas que comercien con Cuba, obstáculos en el sistema financiero internacional y persecución a barcos que transporten petróleo hacia territorio cubano.

Este cerco impacta directamente en el sector energético. Cuba produce solo una parte del combustible que necesita y depende en gran medida de importaciones. Cuando estas se interrumpen o se encarecen por las sanciones, el sistema eléctrico entra en crisis.

Así, el apagón que hoy experimenta gran parte del país no es solo técnico o coyuntural. Es por el resultado de una presión económica que EE.UU ha sostenido durante décadas.

La situación ha generado preocupación y malestar en distintos sectores de la población. Los apagones afectan la conservación de alimentos, el funcionamiento de los servicios básicos y la movilidad en las ciudades.

En muchos barrios, la rutina se reorganiza alrededor de los horarios en que regresa la electricidad: cocinar rápidamente, cargar teléfonos, bombear agua o intentar refrigerar los alimentos antes de que vuelva el corte.

Las autoridades cubanas han advertido que el agravamiento de la crisis energética está estrechamente ligado a las restricciones económicas y financieras impuestas desde el exterior, que dificultan la compra de combustible, repuestos y tecnología para sostener el sistema eléctrico nacional. En ese contexto, el país explora alternativas de suministro energético, acuerdos de cooperación y medidas de emergencia para mantener en funcionamiento sectores clave de la economía y los servicios públicos.

Mientras se buscan salidas a esta coyuntura, la población atraviesa un escenario complejo en el que los apagones y la escasez de recursos impactan directamente en la vida cotidiana, reflejando las tensiones acumuladas por años de presión económica sobre el país.

La situación del país también refleja una disputa política más amplia en América Latina. Cuba ha sido históricamente un punto de fricción entre Washington y los proyectos soberanos de la región.

Para Estados Unidos, el modelo político cubano sigue siendo un desafío simbólico a su influencia en el hemisferio. Para muchos sectores latinoamericanos, en cambio, la experiencia cubana representa un ejemplo de resistencia frente a la hegemonía estadounidense.

Por eso la presión no es únicamente económica. También forma parte de una disputa política e ideológica que atraviesa la historia reciente del continente.

Frente a esta realidad, la salida no pasa por el aislamiento sino por una mayor cooperación regional. América Latina enfrenta el desafío de construir mecanismos de integración económica, energética y política que permitan reducir la dependencia histórica del poder estadounidense.

La situación que hoy vive Cuba no es simplemente una crisis económica o energética: es la expresión de una ofensiva política contra un proyecto que desde 1959 decidió romper con la subordinación histórica a Estados Unidos. La Revolución Cubana no solo transformó la estructura social del país, sino que se convirtió en un referente de lucha para los pueblos de América Latina que buscan soberanía y justicia social.

Por eso el bloqueo no apunta únicamente a la economía, sino a quebrar el ejemplo de un proceso revolucionario que ha resistido durante décadas. Como señalan diversas voces del pensamiento insurgente latinoamericano, defender a Cuba hoy es también defender la posibilidad de que los pueblos construyan caminos propios frente al poder imperial. En medio de los apagones y las dificultades, lo que permanece es la dignidad de un pueblo que ha hecho de la resistencia una forma de existencia y de la solidaridad internacionalista una bandera de lucha.


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