
Por: Orlando Cienfuegos, corresponsal de Antorcha.
Sesenta años después de su caída en combate y posterior desaparición, el cuerpo de nuestro Comandante en Jefe Camilo Torres Restrepo ha sido encontrado y plenamente identificado. La noticia, hecha pública por nuestra organización el 22 de Enero y recientemente confirmada por la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), no solo cierra un dolor y una incertidumbre histórica, abre una disputa política sobre la memoria, la verdad y el sentido de su legado. Porque si algo demuestra este proceso es que, de no ser por la persistencia del pueblo rebelde y de quienes nunca dejaron de buscarlo, la desaparición de Camilo habría seguido administrándose desde el silencio oficial.
La búsqueda tomó forma institucional en 2019, cuando el padre Javier Giraldo impulsó ante la UBPD la denuncia formal para localizar sus restos. La investigación analizó archivos históricos, versiones de fuentes castrenses y testimonios sobre el operativo de 1966 en Patio Cemento. Una pista clave apuntó al cementerio Campo Hermoso de Bucaramanga, donde el 19 de junio de 2024 fue hallada una urna de color caoba que coincidía con la descripción entregada décadas atrás por Valencia Tovar, el oficial que comandaba la fuerza gubernamental que asesinó a Camilo Torres, le tomó fotos al cuerpo y luego lo desapareció. Al interior de la urna, los forenses encontraron restos mezclados con estructuras óseas de otras personas, así como restos bañados en formol, lo que demostraba la intensión deliberada de eliminar cualquier rastro de Camilo.
El equipo interdisciplinario —con participación de expertos internacionales como el argentino Luis Fondebrider, quien trabajó en la identificación del Che Guevara—, así como un gestor de paz de nuestro ELN, avanzó en la reconstrucción histórica, antropológica y genética. En diciembre de 2025 se enviaron muestras a un laboratorio especializado en Texas para seleccionar material con mayor contenido de ADN. En enero de 2026 se confirmó la coincidencia genética con el perfil de Calisto Torres, padre de Camilo, con una probabilidad 1.230 millones de veces superior frente a la población de referencia. La propia directora de la UBPD afirmó: “Se trata del cuerpo del sacerdote Camilo Torres Restrepo. La evaluación y conciliación de toda la información contextual, histórica y forense, así como los análisis genéticos, nos permiten concluir con certeza su identificación”.
Pero el proceso no ha estado exento de tensiones. El Instituto de Medicina Legal insistió públicamente en que la identificación no estaba concluida, alegando limitaciones en las muestras óseas. El sacerdote, buscador y amigo de Camilo, Javier Giraldo, respondió con claridad, pues estaba convencido de que la posición de Medicina Legal estaba más motivada “políticamente que científicamente”. “Las declaraciones de Medicina Legal son muy distintas en privado que en público”, afirmó, señalando incluso que se habría contemplado aplazar el anuncio para después de las elecciones, con el ánimo de sacar provecho político con los restos de Camilo o en su defecto, y no menos peor, prolongar el silencio del Estado respecto al tema.
Fondebrider fue enfático al desmontar la idea de que solo el ADN determina una identidad: “Lamentablemente es un concepto totalmente errado”. Recordó que la identificación es progresiva y contextual: las dos heridas de arma de fuego documentadas en 1966 estaban presentes; la urna coincidía con la descripción histórica; la estatura y el perfil biológico eran consistentes. Ningún elemento aislado basta, pero la suma de todos construye certeza.
Las dificultades para encontrarlo también hablan del horror fruto del Terrorismo de Estado. Los restos estaban mezclados con otros huesos, y existen evidencias de que se intentó borrar rastros aplicando sustancias químicas como formol para afectar el ADN. Esta práctica no es excepcional en Colombia, se debe más bien a un patrón sistemáticamente aplicado por el Estado, donde profundizando el dolor de la muerte, se busca desaparecer los cuerpos. Algunos ejemplos son que, durante décadas, el terrorismo de Estado y la barbarie paramilitar arrojaron cuerpos al río Magdalena, los desaparecieron en hornos crematorios como los de Juan Frío en la zona rural de Villa del Rosario – Área Metropolitana de Cúcuta -, o los hicieron devorar por animales. El caso de Camilo desnuda esa lógica: no solo matar, sino desaparecer todo rastro.
Por eso la entrega simbólica realizada a puerta cerrada resulta insuficiente. El legado de Camilo no pertenece a un acto reservado ni a una ceremonia controlada por tecnicismos institucionales. Como dijo Giraldo, “No queremos hacerlo de manera silenciosa, sino una ceremonia” con participación de la sociedad. Su cuerpo debe regresar al pueblo y a la Universidad Nacional en un acto público que reconozca su dimensión histórica y revolucionaria.
En este 60 aniversario de su caída en combate, la aparición de sus restos es más que un hallazgo forense, es una reafirmación de memoria, la memoria de los que luchan hasta las últimas consecuencias por la Liberación Nacional, una Nueva Nación, el Socialismo, contra la explotación y la desigualdad. La memoria que vive en el pueblo que resiste y lxs que luchan alzados en armas en nuestro ELN. Camilo vive en la conciencia de los jóvenes, de las madres buscadoras, de las trabajadoras y de los campesinos, de la Clase Popular como el mismo la llamó. Si intentaron borrarlo, fracasaron. Su cuerpo vuelve a la historia con una certeza; la misma certeza que tenemos en la victoria popular, pues con su muerte nacieron «cien mil, cien mil Camilos prontos a combatir», como cantó Victor Jara.
