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Por: Lenin Santos y Elizabeth García, corresponsales de Antorcha.

En los primeros días de enero de 2026, Venezuela volvió a ser el epicentro de una agresión imperialista que desnuda, una vez más, las verdaderas intenciones del poder hegemónico estadounidense sobre los pueblos libres de América Latina. En un acto que viola abiertamente el derecho internacional y la soberanía de las naciones, el Gobierno de los Estados Unidos ejecutó una operación directa contra el presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros. Este hecho ocurrió en territorio venezolano, específicamente en Caracas, y se llevó a cabo bajo el argumento de supuestos cargos judiciales fabricados en tribunales estadounidenses, una práctica ya conocida en la historia de persecución política del imperio contra líderes que no se subordinan a sus intereses.

El por qué de este ataque no puede analizarse de forma aislada ni ingenua. No se trata de una preocupación genuina por la democracia ni por los derechos humanos, como intenta vender la narrativa mediática internacional dominada por corporaciones alineadas con Washington. La verdadera razón es económica, estratégica y profundamente colonial: el control del petróleo venezolano. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del planeta, una riqueza natural que la Revolución Bolivariana ha defendido como patrimonio del pueblo y no como botín para las transnacionales. Esa decisión soberana ha sido intolerable para el imperialismo estadounidense, que históricamente ha considerado a América Latina como su patio trasero.

El cómo se desarrollaron los hechos también revela la naturaleza violenta del imperialismo. La operación incluyó presión militar, amenazas abiertas y el uso de mecanismos judiciales extranjeros para legitimar una acción ilegal. Tras la captura del presidente Maduro, se intentó generar un vacío de poder que favoreciera los intereses de la ultraderecha vendepatria, siempre dispuesta a entregar los recursos nacionales a cambio de privilegios personales y respaldo extranjero. Sin embargo, las instituciones venezolanas reaccionaron para garantizar la continuidad del Estado y evitar que el país fuera sumido en el caos que el imperio necesitaba para justificar una ocupación más profunda.

El cuándo y el dónde tampoco son casuales. Este ataque se produce en un momento de reconfiguración del mapa energético mundial, donde Estados Unidos busca asegurar fuentes de petróleo ante la inestabilidad global. Venezuela aparece entonces como un objetivo prioritario, no por el bienestar de su pueblo, sino por la codicia de las élites económicas estadounidenses y sus aliados corporativos. Las sanciones, el bloqueo económico y ahora la agresión directa forman parte de una misma estrategia: asfixiar al país para forzarlo a entregar su riqueza.

En este contexto, el futuro del petróleo venezolano es una de las mayores preocupaciones. Estados Unidos ha dejado claro que pretende redirigir la producción petrolera venezolana hacia su propio mercado, desmontando el control soberano de PDVSA y abriendo la puerta a privatizaciones encubiertas. Esto significaría que una riqueza que debería servir para la salud, la educación, la vivienda y el desarrollo del pueblo venezolano termine beneficiando a unos pocos conglomerados extranjeros. La oposición de ultraderecha, lejos de defender los intereses nacionales, actúa como un instrumento del saqueo, dispuesta a negociar la patria a espaldas del pueblo.

Pero Venezuela no es solo un territorio rico en petróleo; es un pueblo con conciencia, memoria histórica y dignidad. La Revolución Bolivariana nació como respuesta a siglos de explotación y exclusión, y ha demostrado que, pese a los ataques, sigue viva en las comunas, en los barrios, en los trabajadores y en la juventud que no se rinde. La solidaridad internacional y la resistencia popular son hoy más necesarias que nunca.

Desde los pueblos del mundo que luchan contra el imperialismo, se alza una voz firme de apoyo y hermandad hacia Venezuela. Que nadie dude de que la esperanza sigue intacta, que la dignidad no se negocia y que ningún imperio, por más poderoso que se crea, podrá arrebatarle a un pueblo su derecho a decidir su propio destino. Venezuela no está sola. La historia, la lucha y la justicia caminan junto a ella, y de esa resistencia nacerá un futuro donde la riqueza sea del pueblo y la soberanía sea inquebrantable.


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