
Por: Ramón Henao, corresponsal de Antorcha.
Algo que se ha comprobado en el tiempo, es que la insurgencia no amenaza, pero la insurgencia si respeta y cumple su palabra, decir siempre junto al pueblo es decir, no importa la dimensión y el tono de la pelea, ahí van a estar lxs elenxs combatiendo, dirigiendo, aprendiendo y enseñando, trazando caminos de resistencia junto al pueblo. Quienes pelearon aquí dijeron en algún momento que no quedarían impunes las muertes de los jóvenes en las calles caleñas, que esas balas que truncaron la vida de grafiteros, estudiantes y habitantes barriobajeros iban a tener una respuesta, que no iban a quedar ilesas las TXL blancas y las patrullas motorizadas de los «tombos» que actuaban en llave durante esas noches agitadas; que los almacenes de cadena donde torturaron e incineraron manifestantes, también iban a sentir el rigor de verse perseguidos y baleados en los puntos de resistencia. No eran amenazas, eran pregones de justicia, como también, promesas llenas de rabia hechas a los caídos. Y aunque los que balearon y se vieron afectados por las memorables jornadas de pelea callejera dijeron que iban a recuperar la ciudad, que traían el orden bajo el brazo, la insurgencia urbana y el pueblo organizado le siguen plantando cara a esa Cali blanca y paraca, a esa Cali de los ingenios y la «gente de bien», a esa Cali que quieren imponer Eder, su séquito de tecnócratas y la mano sanguinaria que rodea a dichas «élites».
Esas mismas élites que no soportan la cultura popular, que les duele un monumento que resignifica una zona de la ciudad como «Puerto Resistencia», que han hecho «lo habido y lo por haber» para derribar un puño que sostiene un aviso, un aviso que señala al conjunto de la sociedad caleña: ve, aquí peleamos!!, son responsables del infierno que hoy se vive en la principal ciudad del suroccidente. Puerto Resistencia es memoria viva, es hito de la aparición de un nuevo actor en la ciudad: «la primera línea», fue juntanza, pero también fue expresión de la rabia del pueblo, y de un sentimiento generalizado, el odio a la autoridad constituida por esas élites. Las fuerzas policiales ya habían asesinado gente en Puerto Resistencia, seguían con su actuar represivo para las comunidades del oriente caleño, ejemplo Mariano Ramos y sus alrededores, los agentes de tránsito acentuaban los abusivos operativos de control, la Alcaldía exhibía su actitud excluyente, su desprecio y su olvido por lo popular; quienes representan el orden esperaban que ya la gente estuviera calmada, con la COP y la feria creían que ya habían maquillado todo, pero el ELN, en el marco del paro armado, planteó otra cosa: aquí la pelea se acaba cuando se acaba, y la pelea por las transformaciones no se ha acabado.
Dijo el presidente que eso no fue un Paro Armado sino una «parada», y que era la viva expresión de la incapacidad y la debilidad del ELN, pero después salieron sus generales a decir que se sentían «desprotegidos» frente a las capacidades demostradas por el ELN durante los días de paro; el presidente puede seguir con sus juegos semánticos, pero la realidad es otro cantar. En Cali varios barrios ubicados a los alrededores de donde se presentó la acción sintieron el estruendo, también rápidamente se difundieron las fotos de la moto de los patrulleros tirada en la calle y la zona acordoneada, los medios de la derecha hablan de «tecnología de punta» y de «modalidad antes no implementada»; mientras algunos prometieron desmontar el ESMAD y no lo hicieron, otros dijeron, pondremos los acumulados construidos a lo largo de más de un siglo de pelea contra el Estado para lograr las transformaciones, la realidad misma va develando qué era discurso y qué era acción. No está de más decir, que la revolución necesita cada vez menos Aurelianos, pero cada vez más líderes consecuentes que no olviden los mandatos entregados por el pueblo, sobre todo cuando fueron entregados al son de las barricadas y la sangre joven de este terruño.
Así quieran negarlo, el estallido marcó un antes y un después en la confrontación popular, lo sabe Siloé, lo sabe el Oriente de la ciudad, también lo saben los del sur, los arribistas levantados que se creen mejores que sus conciudadanos, lo saben los jóvenes de los barrios marginales, por eso lo de las velas y los recorridos fúnebres sólo lo aplauden algunos, porque las calles no olvidan, Cali tiene memoria, memoria construida desde abajo que es plenamente consciente que la Policía Nacional masacró jóvenes manifestantes, la ladera no olvida cómo entraron cual Operación Orión y sembraron terror. La acción contra una patrulla motorizada es de incuestionable legitimidad, quienes se conmueven son los que ayer celebraban que desaparecieran a los de la «primera línea». En suma, mientras el progresismo le decía al movimiento social que dejara de ser movimiento social y se convirtiera en apéndice del gobierno, el paramilitarismo se fortalecía en los barrios, las dinámicas de control se inclinaban en favor de estos actores cuyo accionar se da en connivencia con las fuerzas estatales.
El paro armado tuvo un fuerte contenido antiimperialista, pero también pretendía denunciar las artimañas que ha usado el progresismo para golpear la insurgencia y darle reconocimiento político a grupos que hoy representan ese paramilitarismo de nuevo cuño, pos acuerdo de La Habana y sazonado por la dudosa «Paz Total». Las acciones en las distintas ciudadades también pretendían expresar que el progresismo y su dirigencia no puede cerrar capítulos de la historia a su antojo, así su mayor deseo sea cerrar el capítulo de la lucha por las transformaciones y la construcción de una sociedad distinta en el país; eso no lo determina un mesías, un caudillo o un grupo de politiqueros fariseos, eso lo determina el pueblo organizado y consciente.
Los habitantes de las ciudad, de ésta donde las jornadas de pelea iniciaron tumbando la estatua del conquistador, y de las otras ciudades de Colombia, pueden estar plenamente seguros que el ELN va a estar en la primera línea de las peleas por las transformaciones, por la defensa de la soberanía y por no dejar sepultar la memoria de los compañeros caídos. También pueden estar seguros que el desarrollo de la tecnología y de los aprendizajes serán incorporados para lograr acciones cada vez más eficaces; siempre junto al pueblo, desde las montañas y ciudades de Colombia vamos abriendo camino.
Tanto daño han hecho quienes se jactan de sus otrora vidas revolucionarias y hoy apelan a las «buenas formas», a lo «políticamente correcto», que quieren hacer creer a la gente maltratada por el régimen, que hay que llorar a quienes defienden a sus verdugos, como diría un escritor uruguayo por ahí, la escuela del mundo al revés. «Quienes nos oponemos al orden actual entero vemos las cosas de manera muy diferente. En nuestro NO, en nuestra actitud intransigente, se encuentra toda nuestra fuerza. Es esta actitud que nos vale el miedo y el respeto del enemigo y la confianza y el apoyo de las masas.»
En ese sentido, el accionar contra esta institución es legítimo, una institución corrupta, que abusa del poder donde al menos en el 2024 se pudo registrar un abuso con más de 100 hechos de violencia policial contra la menos 144 víctimas, desde violencia homicida, hostigamiento, tortura y hasta violencia sexual. En respuesta a esta violencia y abuso se ha alzado un grito internacionalista que exige reformar esta institución y hasta erradicarla. A la que durante el estallido se transformó en: Todos los policías son unos bastardos.
Estos abusos, según informes han sucedido en gran medida en la protesta social siendo las ciudades epicentro de resistencia y estallido, demuestra que los y las ciudadanas son las principales víctimas de esta institución. Por eso reiteramos que nuestro apoyo desde la lucha, la digna rabia popular y la insurgencia de un pueblo alzado en armas en la respuesta siempre junto al pueblo.
