
Por: Octavia Rebelde, corresponsal de Antorcha.
El inicio de este 2026 ha estado marcado en materia ambiental por la ola invernal que ha afectado a varias regiones del país y que ha demostrado la incapacidad de respuesta y de prevención ante la crisis climática mundial que está relacionada con factores estructurales que mientras no se atiendan, continuarán generando graves afectaciones a las comunidades más vulnerables. Mientras los ricos disfrutan vacaciones como turistas en Nuestra América, el pueblo sufre la cotidianidad de regiones y ciudades sin condiciones ambientales para la vida.
En lo que va del año 2026 las fuertes lluvias han afectado gran parte del país, según el último Consolidado Nacional de Eventos por Lluvias de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) se reportaron 165 emergencias registradas en 18 departamentos, impactando al menos 123 municipios. Se reportan al menos 71 deslizamientos de tierra documentados, 61 inundaciones y 19 crecientes súbitas. Los departamentos más afectados son Córdoba, Antioquia, La Guajira, Chocó y Magdalena, con un saldo aproximado de 69.000 familias afectadas. Uno de los casos más complejos es el de Córdoba, debido al desbordamiento del río Sinú. Por otro lado, en las ciudades del país se han reportado afectaciones en movilidad y transporte, servicios públicos interrumpidos, deslizamientos, inundaciones, viviendas destruidas y dañadas, y daños a la infraestructura pública.
La ola invernal encuentra sus principales factores desencadenantes en varios fenómenos atmosféricos, algunos como expresión de la variabilidad climática natural (los fenómenos del Niño y de la Niña); el clima estacional propio de la ubicación tropical de Colombia; y los frentes fríos y las variaciones atmosféricas globales. Estamos viviendo los principales efectos de la crisis climática global, razón por la que la variabilidad climática natural se intensifica, y aparecen más frecuentemente frentes fríos u otros tipos de variabilidad climática. La crisis climática global, encuentra su principal causa en la aceleración e intensificación de los ciclos climáticos naturales, ciclos que en un orden natural de las cosas, se presentarían en millones de años, y de otras formas, pero que debido a la actividad humana enmarcada en el modo de producción capitalista, se recrudecen provocando desastres naturales. Justamente, una de las contradicciones del modo de producción capitalista es la constante depredación de la naturaleza, que agota los bienes comunes y transforma las condiciones climáticas y ambientales, pero el capitalismo no puede existir sin exprimir los bienes naturales, porque sobre ellos se trabaja y el trabajo es la principal fuente de riqueza.
El problema no es solo la contradicción inherente de capital – naturaleza, sino la desigualdad intrínseca que se genera en todas las escalas, pues mientras los ricos por su estilo de vida contribuyen en mayor medida al deterioro del ambiente, los principales efectos los asumen las comunidades más vulnerables; así como a nivel internacional, mientras los grandes países industriales generan mayor contaminación y explotan la mayor cantidad de bienes naturales, los países del sur global son los mayormente afectados y quienes asumen mayor implicación en la búsqueda de alternativas (aunque sean insuficientes y muchas veces hagan parte más de una retórica discursiva que de acciones reales). En Colombia el presidente Gustavo Petro, como defensor fehaciente del capitalismo verde, ha sido enfático en acoger los lineamientos de encuentros internacionales sobre este tema, como el acuerdo de Escazú o los resultados de la reciente COP30 sobre Cambio Climático. Pero los resultados de las orientaciones generadas en los eventos internacionales no solo son ilusorios, sino que se convierten en una suerte de discurso que ni siquiera genera paliativos a la crisis. Por ejemplo, dentro de las medidas a las que se comprometieron los países que fueron a la COP30 se encuentra el compromiso global de eliminar gradualmente todos los combustibles fósiles pero no se incluyó una meta específica para esto dejando en el aire cómo realizarlo y quiénes debían aportar en mayor o menor medida a este compromiso, es decir, ni siquiera el capitalismo verde como está planteado (paños de agua tibia) funciona para palear la crisis, es un eufemismo, una mentira.
Así, en nuestro país, ante la actual crisis por la ola invernal, el presidente ha decretado un Estado de Excepción o Declaratoria de Emergencia Económica, social y ecológica en ocho de los departamentos más afectados por inundaciones, que empezó a regir desde el 11 de febrero con un plazo de 30 días el cual otorga facultades especiales al Estado para dictar normas con fuerza de ley sin autorización previa del Congreso y manejar recursos públicos de emergencia. Sin embargo, lo que vivimos es un problema estructural que se sale de control y que no se va a solucionar a fuerza de ayudas humanitarias o de decretar Estados de Excepción; como ya veíamos antes, es una contradicción inherente al modo de producción capitalista y a la desigualdad que se expresa también en lo ambiental.
Sin tomar medidas más radicales, acordes a la construcción de un modelo de producción que tenga en el centro la vida y la justicia social, económica y ambiental; la crisis climática la seguiremos asumiendo los países del sur global, la clase popular en el campo y en las ciudades y los territorios explotados bajo el modelo de muerte. La salida a esta crisis requiere que la gente, el pueblo, tenga acceso a viviendas en condiciones dignas, lejos de las laderas, a planes de prevención del riesgo; requiere que los ricos y los países ricos paguen el daño ambiental y el desarrollo tecnológico que pueda generar un retroceso real a la crisis; requiere que las comunidades sean escuchadas y que tengan la posibilidad de planear su territorio, de autodeterminarlo; requiere que se saque a las empresas multinacionales que extraen los recursos y dañan la tierra y las cauces naturales, que contaminan el agua y provocan grandes emisiones de gases contaminantes; requiere un gobierno que se ocupe del pueblo y sus necesidades mientras incentiva la organización popular, no sólo palabras y discursos en una plaza pública.
