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Por: Octavia Rebelde, corresponsal de Antorcha.

Hoy las paradisidencias tienen presencia en más de 22 departamentos de Colombia, expandiéndose con su lógica de guerra sucia contra el pueblo en la que asesinan, desaparecen y hostigan constantemente a las comunidades al tiempo que profundizan el narcotráfico en las regiones y se realizan alianzas con otras alas paramilitares. Si bien, estas acciones han dejado graves impactos sobre las comunidades y organizaciones populares, hay un efecto que poco se ha mencionado y es el terrible daño que le han hecho a la legitimidad de la tradición revolucionaria e insurgente en el país.

La historia de lucha que hoy se desangra

En Colombia, la historia de los proyectos revolucionarios e insurgentes es larga y muy rica en hechos, propuestas y formas, al menos para su estudio. Variadas fueron las influencias y motivaciones de cambio que libró cada proyecto y que al final culminaron en pequeñas «victorias» o en la aniquilación de estas propuestas de país. Con muchas de ellas, incluso desde las guerrillas liberales, el Estado fue estableciendo acuerdos que en muchas ocasiones pararon en asesinatos luego de prometer amnistía como con Guadalupe Salcedo o en persecución y exterminio como ocurrió con la Unión Patriótica, después de negociaciones y promesas. También estuvieron los casos en los que los proyectos insurgentes cayeron en la lógica DDR, dejando las armas y entregándolas bajo falsas prebendas y proyectos que el establecimiento prometió y nunca cumplió, o que cumplió a medias, sin que eso solucionara las razones de fondo del conflicto. Lo cierto es que las FARC EP fue uno de esos proyectos, que como todos, tuvo aciertos y desaciertos, que logró profundizar la lucha contra la oligarquía y contra el imperialismo notablemente. Como ELN comprendimos muy bien que se trataba de una fuerza que hacia parte de los proyectos revolucionarios del país con quienes se podía dialogar para impulsar juntos la revolución, una muestra de esto fue la conformación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, que aunque al final se quedó en un intento más de unidad, nos ayudó a entender a esta fuerza como legítima aunque tuviéramos formas y enfoques distintos; en ella reconocimos grandes liderazgos como el de Manuel Marulanda Vélez, Alfonso Cano o el Mono Jojoy, y estamos seguros de que también sucedió así para ellos con nuestros comandantes.

Previo a la firma de acuerdos en 2016, como parte de una estrategia de debilitamiento y descomposición de esta guerrilla las fuerzas del Estado se enfocaron en dar de baja a varios líderes de este proyecto, desmoralizando su fuerza y la contundencia de su estrategia militar; fueron varios años dedicados a dar golpes a las FARC EP que sumados a decisiones erradas (aceptar como una fuente de financiación el narcotráfico que generó la descomposición político ideológica de gran parte de sus tropas) provocaron en su dirigencia una derrota estratégica, es decir, la desmoralización llegó a tal punto que se perdió la certeza de la victoria, y bueno, la paz se presenta como una parte del horizonte que puede significar una opción para terminar la guerra con dignidad. Así, en 2016 después de una larga negociación y de ceder en muchas cosas para lograr salir de aquella encrucijada histórica, se firman los acuerdos de paz entre las FARC EP y el Gobierno de Juan Manuel Santos. Los acuerdos de paz constituyen un punto de inflexión en el que otra historia encuentra un punto de partida, la historia que nos trae al momento actual.

Mueren las FARC EP y nacen las Paradisidencias

Previo al acuerdo de paz y fruto de las tensiones y divisiones internas generadas por varias razones, entre ellas, las decisiones en las negociaciones que no compartía toda la fuerza por la cantidad de concesiones que se hicieron, la descomposición de una parte de la fuerza a la que ya lo que le interesaba eran los negocios de narcotráfico en las regiones, y los desacuerdos y pugnas internas de poder que generaban divisiones; generaron que algunos grupos no se acogieran a los acuerdos y se mantuvieran en la determinación de continuar en armas. Estos grupos fueron formando una nueva estructura y son lo que en un momento llegó a ser comandado por Gentil Duarte y denominado como «Estado Mayor Central». Adicional a eso, después de la firma de los acuerdos y un tiempo del destinado a la implementación de los acuerdos, algunos de los principales dirigentes de la mesa de negociación sorprendieron al pueblo colombiano volviendo a alzarse en armas autodenominándose como la «Segunda Marquetalia», argumentando los incumplimientos por parte del Gobierno a lo que se había acordado. Estas dos vertientes constituyeron la primera fase de la reorganización de estos «grupos armados». El problema principal, se evidenció luego de que estos grupos, dejando de lado el legado de lo que fue las FARC EP, se convirtieron en residuos sin mayores razones para librar la guerra que sus negocios de narcotráfico, aunque con matices entre ellos, ambos terminaron actuando de la misma forma, generando terror en las comunidades, asesinando a costa de cualquier cosa por mantener sus intereses económicos y de control territorial en las regiones. Mas tarde, el Estado Mayor Central, se subdividió, surgiendo el Estado Mayor de Bloques y Frentes que hoy es una fuerza más de esas, sin horizonte político y mas bien intereses sobre negocios que solo le hacen daño al país.

En los campos y ciudades contra la revolución

Hoy en día, del proyecto revolucionario de las FARC EP no queda nada, solo un cascarón vacío que ha sido utilizado para posicionarse en los territorios, pero también para hostigar y amedrentar a quienes obstaculizan los negocios. La estrategia no solo se ha remitido a las regiones en sus municipios y zonas rurales, sino que también se ha evidenciado en las ciudades del país. Aunque las formas varían, se puede evidenciar un modus operandi de control territorial que funciona a partir del microtráfico en las ciudades. Sin embargo, han sido variadas las formas en las que han terminado por incidir en el tejido social y organizativo, y en este caso, vale la pena decir, que quizá el punto de fortalecimiento más alto de estos grupos se dió principalmente durante el estallido social, en donde a partir de la difusión de un falso discurso revolucionario, llamaron la atención de varios jóvenes que sin saber en donde canalizar su digna rabia terminaron entregándose a las paradisidencias, engañados por la narrativa y el legado de las FARC EP, pero además, con un juego sucio en el que se aprovecharon de las vulnerabilidades de las juventudes de la clase popular ofreciendo dinero para trabajar en sus planes, ese fue el caso de muchos jóvenes, incluyendo el de Coco, el de Bigotes y otros tantos en el resto del país. Para el resto del país, han implementado métodos diferenciados, que dependen del grado de control territorial y de la capacidad de cooptación a través del discurso y de los recursos.

Así, en ciudades del suroccidente del país como Cali, Popayán y Nariño, el método ha sido la filtración de organizaciones sociales a partir de la financiación de las mismas, instrumentalizandolas para aterrizar sus planes. En lugares como el Putumayo, el Caquetá, entre otros, la forma de operar ha sido la coerción, teniendo en cuenta el control territorial que han establecido desde su conformación en estos territorios. En otras zonas como el Sur de Bolívar, Valle de Aburrá en Antioquia, el Chocó, y el Urabá Antioqueño la forma de establecer control ha sido a través de la apertura a otras bandas paramilitares en alianza directa para planes estratégicos. Finalmente, en las ciudades del nororiente del país como Cúcuta y Bucaramanga, también se ha implementado el método de financiación de organizaciones volviéndolas funcionales a sus planes de control territorial.

Estas lógicas no solo complejizan la lectura de los diversos actores territoriales, sino que a la larga, van deslegitimando cualquier proyecto revolucionario, pues a fin de cuenta, son contradicción entre discurso y hechos. Estos grupos no solo han lacerado su propia tradición y el legado de las FARC EP, sino que dejan en cuestión cualquier proyecto que se denomine revolucionario. Hoy, como ELN sabemos que el accionar de estos grupos contribuye a la guerra contrainsurgente que se ha librado contra nosotros durante todos nuestros años de lucha y resistencia, pero también sabemos que hemos sido transparentes con el pueblo, en cada palabra, en cada acción, en cada momento en el que hemos hablado al pueblo y este nos ha escuchado. Hoy nos corresponde decirle al pueblo por el que luchamos, que no coma cuento, que hay que discernir y no caer en trucos, que nuestra tradición de lucha sigue intacta y que hoy somos el ÚNICO proyecto revolucionario en este país y que no daremos NI UN PASO ATRÁS.


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