El caso de Assange y los interrogantes al periodismo
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Por: Antonio García, Primer Comandante del ELN

En 2010 circula un video en las redes sociales que conmociona: al menos dos decenas de civiles en Irak reciben disparos desde un helicóptero del Ejército de Estados Unidos.

La escena que generó repudio en los usuarios de redes y molestia en el gobierno estadounidense, fue divulgada por el portal Wikileaks, un portal dirigido por el australiano Julian Assange en el que se filtraron documentos confidenciales de la inteligencia gringa.

Assange, quien defendía su proyecto de «fiscalizar y desenmascarar a los poderosos», fue perseguido y logró mantenerse prófugo durante nueve años, antes de ser capturado en Inglaterra.

Hace unas semanas Assange fue puesto en libertad, no sin antes dejar un preocupante mensaje para el periodismo crítico y para quienes creen en la información como un derecho inalienable: Assange acordó con los fiscales de Estados Unidos y se declaró culpable del delito de espionaje.

Esta podría ser la primera vez que este delito es aplicado a un periodista, pues el objetivo de las publicaciones de Julian apuntaban a dar golpes de opinión con la difusión de información en al menos cinco grandes medios de comunicación internacionales.

El hecho de que el fundador de Wikileaks se haya declarado a sí mismo culpable y por eso haya recibido una condena (significativamente mucho menor a la que requerían los Estados Unidos en un principio) abre una brecha difusa que genera preguntas frente a cuáles son los límites que tiene el periodismo investigativo para realizarse y asimismo para difundirse masivamente.

¿Fueron realmente las prácticas de hackeo las que molestaron al imperio norteamericano? Porque podríamos enumerar un sin fin de prácticas de «espionaje» e interceptaciones implementadas por distintos gobiernos del mundo para perseguir y reprimir al pensamiento crítico. Colombia tiene abundantes ejemplos.

¿O lo que realmente molestó al imperio fue la vulnerabilidad que Assange destapó en uno de los Estados más poderosos del mundo, socavando su legitimidad y develando su participación activa en innumerables violaciones de derechos humanos en otros países?

El caso de Assange evidencia el poder que tiene la información, tanto al revelarse como ocultarse. Los periodistas, que son quienes trabajan con ella, tienen un rol fundamental en la elaboración del criterio colectivo y construcción de sentidos en cualquier sociedad.

¿Qué podríamos decir de periodistas que, aun sabiendo esto, deciden publicar mentiras, apoyar con sus medios a los opresores y recibir dineros provenientes de los mismos?

Los periodistas e informadores comprometidos con la verdad, en cualquier lugar del mundo deberían contar con todas las garantías para hacer su oficio y no experimentar la persecución o las amenazas de ser judicializados bajo delitos como el espionaje.

De otro lado, los periodistas e informadores, en cualquier lugar del mundo, deberían estar comprometidos con la verdad y con un proyecto de sociedad mucho más justa y sensible ante las atrocidades que hoy vivimos.

Es 2024 y en redes circula un video de un bombardeo del ejército israelí sobre una escuela en Gaza donde civiles se encontraban jugando fútbol. ¿Dónde están los informadores comprometidos con la verdad? ¿Y dónde está la sociedad cuya indignación le permita trascender hacia la acción?


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