Por: José Vásquez Posada

La ultraderecha colombiana, desde hace ya varios años, viene impulsando desde diferentes espacios la creencia de que el discurso de muchas de las propuestas transformadoras y democráticas, surgidas en el seno de las organizaciones populares o partidos de oposición, fomenta un odio de clase que polariza al país y nos aleja como sociedad de los valores de reconciliación y bienestar imaginarios que en la práctica solo los beneficia a ellos.

Esta creencia la justifican en la inexistencia de las clases enmarcada en un discurso que tuvo fuerza desde la década de los noventa cuando el mundo acudió al desmonte de la experiencia socialista soviética, y se consolidó el capitalismo a nivel global (buscando ser el sistema único e incuestionable), negando los discursos alternativos, radicales y revolucionarios. Estas ideas han sido base ideológica del neoliberalismo que se implantó desde los 80 en gran parte del mundo occidental, y que en los años 90 caló con fuerza en América Latina.

Las clases dominantes colombianas asumieron esta postura y la han hecho totalmente funcional a su proyecto de nación. Nos han hecho creer con palabras conciliadoras que su idea de país es amplia y plural, que todos cabemos en ella, y que si todos remamos pa’l mismo lado seguro el bienestar será colectivo. Entonces nos dicen que paz si, pero no así, que los culpables de las FARC y el ELN tienen que pagar, pero que con los militares nadie se meta; que es mejor el salario mínimo bajito para que los empresarios puedan generar más ganancia y crear más empleo; que los responsables de la crisis de la pandemia son los ciudadanos que salen a trabajar o que abren sus pequeños negocios desafiando las restricciones; que los campesinos cocaleros son los culpables del narcotráfico porque se niegan a la erradicación de sus cultivos; y un sin fin de lemas que repiten en discursos políticos, en el programa presidencial de la pandemia que dan todos los días a las 6, que repiten periodistas en televisión nacional, y etcétera etcétera.

El gobierno actual y la clase política en general ha tenido oposición por parte de organizaciones sociales, algunos partidos políticos, sindicatos, gobiernos de otros países y por supuesto, la insurgencia. Desde las formas de oposición más legales hasta las más rebeldes han sido señaladas y estigmatizadas como incitadoras de odio y desestabilizadoras. Sin embargo, en un comportamiento ya habitual de la clase dominante, los cientos de comportamientos que fracturan al país y agudizan la miseria en la que vivimos, son disfrazados como acciones que buscan la unidad y el bienestar colectivo. No obstante su actuar demuestra como asumen su posición de clase y aborrecen a todo lo que no se parezca a ellos.

Una situación específica que ha hecho evidente el cinismo y la prepotencia de los gobernantes en los últimos días, es el proyecto de Reforma Tributaria que se construyó de espaldas al país. Esta Reforma, a toda luz refleja un odio profundo hacia las clases populares y se ha disfrazado bajo un supuesto discurso de solidaridad con los más pobres, pues el argumento con el que ha sido defendida es que es necesario hacer llegar más ingresos redirigidos por el Estado a los hogares más pobres.

La reforma apunta a destruir la economía de millones de hogares con la excusa de subsanar una crisis de años y años de corrupción y concentración de capital, que se ha agudizado con otros factores como el de la pandemia. Las redes sociales se han cargado de voces en contra del aumento indiscriminado de impuestos a productos de la canasta básica que todos consumimos, el alza de los precios del combustible, la obligatoriedad para declarar renta de personas con niveles de ingresos apenas aceptables y contra el favorecimiento a los grandes capitales como es el caso de Postobon. Una reforma regresiva que pretende sacar en limpio a los que más tienen y subsanar los vacíos fiscales con los paupérrimos ingresos de millones de trabajadores que apenas les alcanza. Inclusive, es preciso apuntar que varios congresistas han señalado que el vacío fiscal puede ser cubierto con los más de 100 billones que se pierden en corrupción, exoneraciones de impuestos a los mega ricos, y evasiones tributarias que este mismo grupo de personas llevan a cabo.

Más allá de los daños lesivos que se han hecho evidentes en los últimos días, es imperdonable el desprecio con el que la clase política le da manejo al tema. Odio desde las clases dominantes de este país es que Alberto Carrasquilla, quien se hace pasar por Ministro de Hacienda y sea el encargado de controlar la política fiscal y la economía del Estado ni siquiera sepa cuanto vale una docena de huevos o una libra de arroz, productos básicos en la economía de todos los hogares del país (sin contar con que una de las más desgraciadamente afamadas periodistas, Vicky Dávila, también confesó no saber con cuanto se hace un mercado básico en un hogar en Colombia).

Y no solo con la reforma. Odio de su parte también es engañar a los votantes con promesas que hicieron durante sus campañas y que luego nunca fueron cumplidas. Odio es “más salarios menos impuestos”. Odio es la reproducción infinita de sus familias e hijos, y nietos, y sobrinos, anclados a posiciones de poder. Además lo es la supresión de derechos colectivos, pisotear a las comunidades indígenas y Afro y los acuerdos que con ellos se han incumplido; lo es perpetuar la impunidad en los asesinatos de los líderes y lideresas sociales y actuar con desdén en las investigaciones; lo es especular con la compra de las vacunas; anular las curules de las víctimas; designar como director del Centro Nacional de Memoria Histórica -la entidad encargada de recuperar la memoria del conflicto- a Darío Acevedo, una persona que ha manifestado sus posiciones negacionistas sobre el conflicto armado; no disponer la institucionalidad necesaria para el cumplimiento de los acuerdos de La Habana y quedarse callados y de brazos cruzados ante el asesinato de los excombatientes de FARC; manifestarse primero en solidaridad con la muerte de Felipe de Edimburgo antes que con las víctimas del conflicto armado en Colombia, justo en el día en el que se les reconoce por la tragedia vivida; y una larga lista que se alimenta cada día tanto en pequeños detalles como en acciones de gran impacto…

Ellos, desde sus posiciones acaudaladas y privilegiadas de poder y capital siguen reproduciendo y agudizando el conflicto de clases en todo el país. La realidad y la existencia de las clases no es algo del pasado que mágicamente terminó después de los noventa. Hoy más que nunca, los terratenientes, los ganaderos, los banqueros, las multinacionales, los grandes industriales, los especuladores del sistema financiero, los parásitos anclados a los puestos de poder de la burocracia, siguen asumiendo y defendiendo su posición y desarrollando la lucha de clases con todas las herramientas y de todas las formas posibles para seguir aumentando su riqueza. Por otro lado, la clase trabajadora, el campesinado, pequeños productores y comerciantes, las grandes masas urbanas, siguen recibiendo con ferocidad los embates que con odio lanzan quienes siempre lo han tenido todo.

En este marco la confrontación seguirá dándose desde muchos espacios y en diversas formas. Las calles se seguirán llenando de gente, los atropellos y abusos se seguirán denunciando y respondiendo, las protestas violentas y con justa rabia tendrán cabida siempre que la situación no cambie radicalmente, les seguirán lloviendo piedras, cócteles molotov y se seguirá destruyendo su infraestructura, las acciones insurgentes continuarán como forma de resistencia y hasta no encontrar una salida en la que realmente haya voluntad de quiénes siempre se han opuesto a llevar una lucha política sin guerra sucia. El próximo 28 de abril, seguro se abrirá un nuevo ciclo de protestas en las que se revertirá parte de este odio y desprecio que el pueblo a diario recibe. En las calles nos veremos. Las elenas y elenos seguiremos aportando nuestra dosis de resistencia y rebeldía, siempre junto al pueblo, por una Colombia para lxs trabajadores.