
Por: Elizabeth García, corresponsal de Antorcha
En Colombia, donde el periodismo se ha erigido históricamente como un pilar de la democracia, hoy emerge una grieta profunda que revela no solo abusos individuales, sino una estructura de poder atravesada por el patriarcado. La reciente investigación de la Fiscalía General de la Nación por denuncias de acoso sexual contra periodistas en Caracol Televisión pone en evidencia una problemática que ha sido sistemáticamente invisibilizada: la violencia de género en los medios de comunicación. Este caso no es aislado; es la manifestación de un sistema que durante décadas ha normalizado el silenciamiento de las mujeres, incluso en espacios que deberían garantizar la verdad y la justicia.
Los hechos que hoy sacuden a una de las principales cadenas del país tienen origen en denuncias realizadas por mujeres periodistas que, durante años, habrían sido víctimas de conductas inapropiadas, presiones laborales y acoso por parte de figuras con poder dentro del canal. Según reportes conocidos públicamente, estas denuncias llevaron a la apertura de una investigación por parte de la Fiscalía, así como a decisiones internas en la empresa, incluyendo la salida de reconocidos presentadores. Estos acontecimientos ocurrieron en Bogotá, epicentro mediático del país, donde las relaciones laborales en los grandes medios suelen estar marcadas por jerarquías rígidas y escasa protección para las trabajadoras.
No es la primera vez que el periodismo colombiano enfrenta este tipo de escándalos. Casos similares han salido a la luz en otros medios, como denuncias en redacciones nacionales durante el auge del movimiento global #MeToo, que en Colombia también encontró eco. Estas situaciones ocurren, en gran medida, por la concentración de poder en pocas manos, la precarización laboral —especialmente para mujeres jóvenes— y la ausencia de mecanismos efectivos de denuncia y protección. En muchos casos, el miedo a represalias, la revictimización y la falta de garantías institucionales han perpetuado el silencio.
Según organizaciones de periodistas, más del 60% de las mujeres periodistas en el país han reportado haber sufrido algún tipo de violencia de género en el ejercicio de su labor. Asimismo, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística ha señalado que las mujeres enfrentan mayores niveles de informalidad laboral y brechas salariales, lo que las coloca en una posición de vulnerabilidad frente a abusos de poder. Estas cifras no son solo números: son la expresión de una estructura que reproduce desigualdades históricas.
La reflexión es inevitable: ¿cómo puede el periodismo denunciar la injusticia si en su interior se perpetúan las mismas lógicas de opresión? El caso de Caracol revela una contradicción profunda entre el discurso público y la práctica interna. La lucha feminista ha demostrado que el acoso no es un problema individual, sino estructural. Es el resultado de siglos de dominación patriarcal que han relegado a las mujeres a posiciones subordinadas, incluso en espacios de alta visibilidad.
Frente a esta realidad, no bastan reformas superficiales ni protocolos institucionales que terminan siendo letra muerta. Se requiere una transformación radical del modelo de medios en Colombia. Una propuesta política revolucionaria y popular debe partir del reconocimiento de las mujeres como sujetas centrales en la construcción del poder popular. Esto implica democratizar los medios de comunicación, garantizar la participación efectiva de las mujeres en cargos de decisión, y crear mecanismos autónomos de denuncia gestionados por colectivas feministas y organizaciones sociales.
Además, es necesario impulsar una legislación que sancione de manera ejemplar el acoso laboral y sexual en todos los sectores, con especial énfasis en aquellos donde existe concentración de poder mediático. La educación con enfoque de género, desde las universidades hasta las redacciones, debe ser una herramienta fundamental para desmontar las prácticas machistas normalizadas.
La emancipación de las mujeres no es una causa sectorial: es el corazón de cualquier proyecto verdaderamente transformador. Sin justicia de género, no hay democracia real. Y sin mujeres libres, no hay pueblo libre.
