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Por: Margarita Giraldo Builes y Elizabeth García.

Los tiroteos en centro educativos, también llamados tiroteos escolares, violencia armada en escuelas, ataques armados en escuelas, masares escolares o en masa; son eventos que por lo general se planean y se llevan a cabo con armas de fuego. Suelen ocurrir en espacios cotidianos de los centros educativos como aulas, patios o actividades escolares. En muchos casos, los tiradores son jóvenes o exestudiantes, y los ataques pueden estar dirigidos de forma indiscriminada o hacia personas específicas, frecuentemente terminan con la muerte del agresor, ya sea por intervención de la policía o suicidio.

En lo que va de 2026, estos hechos siguen ocurriendo de manera recurrente especialmente en países como Estados Unidos, donde es un suceso común y de cierta forma normalizado. Un caso muy sonado e impactante para Nuestra América ocurrió el 30 de marzo del presente año, en San Cristóbal (Argentina), donde un estudiante de 15 años asesinó a otro menor de 13 e hirió a otros ocho menores más. Este tipo de sucesos en este país no suele ser tan común, siendo el primero con víctimas fatales desde 2004. En Nuestra América la violencia armada en escuelas no ha sido un fenómeno recurrente, sin embargo, este hecho emerge en un escenario político y social que está cambiando. En los últimos meses el gobierno de Javier Milei ha impulsado medidas que flexibilizan el acceso a armas, reduciendo controles y promoviendo discursos que dan legitimidad al porte de estas. Este giro se inscribe además en un momento de radicalización política, que promueve discursos violentos y de odio, siguiendo unas lógicas autoritarias y neofacistas. Así en este contexto, este tiroteo no puede leerse como un hecho aislado ni accidental, sino como una expresión concreta de las contradicciones estructurales del sistema. Es el resultado de un orden social que profundiza las desigualdades de clase, abandona a la juventud a la marginalidad y facilita el acceso a la violencia como única salida.

Estos episodios en las escuelas no son incidentes aislados ni sorpresivos; por el contrario son la manifestación más reciente de una violencia estructural que ha escalado en sociedades marcadas por profundas desigualdades, como lo es el imperio Estadounidense. Este fenómeno refleja las consecuencias de un sistema hegemónico basado en el capital y la acumulación de poder y riqueza. Lejos de ser algo nuevo, estas tragedias son el resultado de décadas de políticas neoliberales que han priorizado la acumulación privada de la riqueza sobre la vida, dejando a comunidades enteras en condiciones precarias, con altos indices de desigualdad social y deshumanización. Y así la escuela lejos de ser un territorio emancipatorio, que fomente el aprendizaje crítico, la socialización y la construcción colectiva, reproduce la estructura de clase, el individualismo y actúa como un dispositivo de control, un territorio donde se jerarquizan cuerpos, capacidades y deseos. También evalúa, clasifica y determina qué es normal y qué es exitoso, reproduciendo así las expectativas y los anti valores del sistema capitalista. Cuando un estudiante no encaja en estas expectativas, la exclusión subjetiva puede llevar a un sentimiento de fracaso, impotencia y alienación que encuentra expresión en formas extremas de violencia.

A pesar de este contexto estructural y los factores sociales y políticos que lo sostienen, la narrativa dominante en torno a los tiroteos o las masacres escolares tiende a abordar estos eventos desde un enfoque individualista, en lugar de considerar las raíces profundas de la violencia que generan estas tragedias; se aborda desde un enfoque patologizante, que etiqueta a quienes los cometen como locxs, rotxs, antisociales o enfermxs. Siendo esta una visión simplista, que reduce este fenómeno únicamente a una condición de salud mental y oculta las dinámicas estructurales que en muchos casos son las que realmente alimentan estos comportamientos violentos. Al reducir el problema a un asunto individual de salud mental, se desvía la atención de las condiciones estructurales que reproducen estos actos, como la pobreza impuesta, la alienación de las masas, la mercantilización de la salud, la educación y el deterioro de los lazos sociales.

Por lo tanto, los tiroteos escolares pueden leerse como la manifestación extrema de un deseo desterritorializado, donde el sujeto se desconecta de las normas sociales y articula el deseo en violencia. No se trataría de una especie de locura individual o comportamientos antisociales exclusivamente, sino de un fallo en los flujos sociales y afectivos que producen canales violentos. Tampoco es el resultado de un desborde de ira, o el no saber como gestionar y darle lugar a lo que sienten y les atraviesa, sino una respuesta a un entorno que les impone reglas desmedidas y roles rígidos, empujándoles hacia la frustración y el aislamiento. Se trata de cuerpos y subjetividades que intentan, de manera destructiva, reclamar agencia y visibilidad dentro de estructuras que los excluyen o marginan. El orden social imperante les limita, les define, y les lleva a identificarse con modelos de poder y dominación, en lugar de ofrecerles oportunidades para expresarse de manera auténtica. Estos fenómenos se inscriben en la lógica de un capitalismo que genera alienación, explotación y desigualdad, y en paralelo el patriarcado moldea los jóvenes hacia la dominación y el control, reforzando la idea de que la violencia es una manera legítima de responder a la exclusión o la humillación. La intersección de estos sistemas propicia una lógica de ser y estar, donde los jóvenes vulnerables pueden percibir la violencia como un camino para recuperar agencia, visibilidad u honor.

Sin embargo, no todos los tiroteos escolares tienen la misma raíz ni se explican de la misma manera. Algunos son actos ideológicos, perpetrados por individuos que simpatizan con extremismos de derecha, fascismo o culturas incel (Celibato involuntario), en los que la violencia es simbólica y busca afirmar poder, identidad y supremacía. En estos casos ideológicos, el patriarcado y la ideología fascista de extrema derecha, moldean la percepción del poder y la violencia como medios legítimos de afirmación.

Estos fenómenos como rizomas de redes complejas, tienen causas interconectadas, que no se reducen a un único factor; encontrando así diferentes motivos y razones para llevar a cabo estos hechos, donde pueden encontrarse dinámicas familiares disfuncionales y violentas, presión académica, rechazo escolar, ideología extremista, normas de género establecidas por el patriarcado, acceso a armas, amenazas o venganza, imitación a otros crímenes similares para tener reconocimiento desde la exposición mediática, tendencia al suicidio y depresión, etc. Siendo así cada caso un nodo particular en una red más amplia, donde el trasfondo de estos hechos violentos emerge como una línea de fuga fallida, siendo así un intento de escapar de las diferentes formas opresión y la exclusión, pero que termina reproduciendo la lógica de destrucción que el sistema capitalista, patriarcal e imperialista han cultivado.

La prevención de los ataques armados en las escuelas no puede reducirse a la intervención individual psicológica o a la seguridad de los entornos físicos; requiere un cuestionamiento profundo y la destrucción de las estructuras económicas, políticas y culturales que reproducen la desigualdad de clase, la explotación y la opresión. Los tiroteos escolares son síntomas de un sistema que prioriza el acumulación de riqueza sobre la vida, que fragmenta los lazos sociales y deshumaniza a los jóvenes, imponiéndoles normas rígidas y roles de sumisión. Mientras el capitalismo, el patriarcado y el imperialismo sigan dominando las estructuras de poder, las condiciones de vida, los cuerpos y las subjetividades están sometidas a las lógicas de la opresión y la explotación. Solo a través de la resistencia revolucionaria, la lucha armada y la organización popular, capaz de aglutinar las fuerzas sociales de cambio. La liberación de nuestros pueblos, la erradicación de todas las formas de explotación y la construcción del socialismo son las únicas garantías para que las nuevas generaciones puedan vivir en libertad, sin temor y con dignidad que el sistema capitalista nos arrebata.


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