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Por: Eliecer López, corresponsal de Antorcha.

Cada Primero de Mayo, las calles del mundo se convierten en escenario de memoria, resistencia y disputa. No es una simple conmemoración simbólica: es la expresión viva de luchas históricas que, lejos de cerrarse, siguen vigentes. En Colombia, esta fecha convoca a miles de trabajadores, organizaciones sociales y sectores populares que marchan no solo para recordar, sino para exigir transformaciones reales. Sin embargo, en medio de esta movilización legítima, también emergen tensiones políticas que ponen en debate el verdadero sentido de la jornada.

El Día Internacional de los Trabajadores tiene su origen en las huelgas de Chicago de 1886, cuando miles de obreros iniciaron una lucha por la reducción de la jornada laboral a ocho horas. La respuesta estatal fue brutal: represión, detenciones y ejecuciones que marcaron un antes y un después en la historia del movimiento obrero. A partir de entonces, el Primero de Mayo se consolidó como una fecha global de reivindicación, adoptada por trabajadores en todo el mundo. En Colombia, esta conmemoración ha estado atravesada por una historia compleja, donde la organización sindical ha sido perseguida y donde exigir derechos laborales ha implicado, en muchos casos, enfrentar amenazas y violencia.

Con el paso del tiempo, las demandas han evolucionado, pero la esencia permanece intacta. Hoy, además de salarios justos y condiciones laborales dignas, se suman problemáticas como la informalidad creciente, la tercerización, la precarización del empleo juvenil y los desafíos que imponen las plataformas digitales. En ciudades como Bogotá, Medellín y Cali, se centran más estas marchas que reúnen a diversos sectores: obreros, campesinos, trabajadores informales, mujeres, jóvenes y familias enteras que encuentran en esta fecha un punto de encuentro para visibilizar sus realidades. Es una jornada que conecta pasado y presente, memoria y urgencia.

No obstante, en el contexto político actual, la conmemoración también ha sido objeto de controversia. La participación activa del presidente Gustavo Petro en las movilizaciones ha generado críticas desde distintos sectores. Para algunos analistas, esta presencia institucional puede interpretarse como una forma de capitalizar políticamente una jornada que históricamente ha sido autónoma. La preocupación radica en que el simbolismo del Primero de Mayo sea utilizado como herramienta de legitimación política, debilitando el carácter independiente de la protesta social. El debate no es menor: ¿puede el poder institucional formar parte de una movilización que nace desde las bases sociales?

A pesar de estas tensiones, el significado del Primero de Mayo sigue siendo profundamente relevante. En Colombia, más de la mitad de la población trabajadora se encuentra en condiciones de informalidad, sin acceso pleno a seguridad social ni garantías laborales. A esto se suma una persistente desigualdad económica y la falta de oportunidades para amplios sectores. En este contexto, la jornada no es solo una tradición, sino una herramienta de visibilización y presión social. Es el momento en que los trabajadores ocupan el espacio público, hacen escuchar su voz y recuerdan que los derechos no son concesiones, sino conquistas históricas.

Pero la realidad colombiana añade un elemento aún más crítico: la violencia. Las cifras de asesinatos de líderes sociales continúan siendo alarmantes, lo que convierte cualquier ejercicio de organización en un acto de riesgo. Las masacres y ataques a comunidades no son hechos aislados, sino parte de un contexto estructural que limita el ejercicio pleno de los derechos. En este escenario, la lucha por el trabajo digno está profundamente ligada a la defensa de la vida. Sin garantías de seguridad, la protesta social pierde su carácter libre y democrático.

En conclusión, el Primero de Mayo en Colombia no es una fecha neutral. Es un campo de disputa donde se cruzan la memoria histórica del movimiento obrero, las demandas actuales de los trabajadores y las dinámicas del poder político. Preservar su carácter autónomo y reivindicativo es uno de los principales desafíos en un contexto donde la instrumentalización puede vaciar de contenido las luchas sociales. Sin embargo, mientras persistan la desigualdad, la precarización laboral y la violencia, esta jornada seguirá siendo necesaria. No como un ritual anual, sino como una expresión viva de resistencia, dignidad y búsqueda de justicia social.


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