
Antonio García, Primer Comandante del ELN
Las élites tecnológicas globales buscan reemplazar la democracia por algoritmos, vigilancia y guerra automatizada. Es un nuevo feudalismo digital impulsado por corporaciones como Palantir, donde los pueblos enfrentan una batalla por la soberanía y la vida.
La humanidad asiste a la consolidación de una nueva forma de dominación histórica: un feudalismo digital global, en el que una élite corporativa transnacional, armada no con ejércitos medievales sino con algoritmos, centros de datos e inteligencia artificial militarizada, pretende redefinir las bases mismas de la soberanía, la democracia y la vida colectiva. El reciente manifiesto The Technological Republic, publicado por Alex Karp y Nicholas W. Zamiska, altos ejecutivos de la corporación Palantir Technologies, es la explicitación programática de un proyecto de reorganización autoritaria del poder global, bajo hegemonía tecnocrática.
Bajo la retórica de la “seguridad nacional”, la “defensa de Occidente” y la supuesta preservación de la “paz americana”, emerge una doctrina profundamente reaccionaria, que concibe la inteligencia artificial no como herramienta para el bienestar humano, sino como infraestructura estratégica para la vigilancia masiva, la guerra automatizada y la administración algorítmica de poblaciones enteras. La dignidad humana queda así reducida a dato, patrón de conducta y variable procesable dentro de arquitecturas computacionales diseñadas para clasificar, predecir, controlar y neutralizar.
Lo que presenciamos no es simplemente una innovación tecnológica, sino una mutación estructural del capitalismo contemporáneo. Las grandes corporaciones tecnológicas ya no se limitan a influir sobre los Estados sino, como advirtió Shoshana Zuboff, evolucionar el capitalismo de vigilancia desde la extracción de datos para fines comerciales, hacia la pretensión de moldear directamente el comportamiento humano y reorganizar la vida social bajo criterios de rentabilidad, seguridad y control.
Personajes como Peter Thiel, Elon Musk, Sam Altman o Bill Gates expresan ya sin ambages su aspiración de sustituir la política democrática, por una gobernanza tecnocrática de expertos, empresarios y sistemas automatizados. En esta lógica, el pueblo, la sociedad dejaría de ser sujeto político para convertirse en objeto de gestión; la ciudadanía es reemplazada por usuarios; y la deliberación democrática cede ante la autoridad opaca del algoritmo.
La tesis de Palantir es clara y genera alertas, la inteligencia artificial debe ser el núcleo del nuevo aparato de guerra occidental.
No se trata de desarrollar tecnología para resolver problemas sociales, reducir desigualdades o enfrentar la crisis climática, sino de perfeccionar la capacidad de vigilancia, identificación, persecución y eliminación de enemigos reales o potenciales. El enemigo, por supuesto, será cualquiera que desafíe la arquitectura geopolítica, económica o cultural del poder imperial.
Alex Karp, CEO de Palantir, y esta aristocracia tecnológica sostienen que el predominio estadounidense ha garantizado una era de paz prolongada. Tal afirmación constituye una afrenta histórica para los pueblos del Sur Global. Pues, esta supuesta paz ha significado, en realidad, la expansión sistemática de la guerra sobre América Latina, África, Asia y Medio Oriente. Desde 1945, Estados Unidos ha intervenido militarmente, de forma directa o indirecta, en decenas de países, promoviendo golpes de Estado, invasiones, bloqueos, operaciones encubiertas, guerras proxy y campañas de desestabilización.
La llamada “paz americana” no ha sido otra cosa que una guerra permanente administrada desde el centro imperial y externalizada hacia las periferias. Hoy, esa guerra entra en una nueva fase, la automatización de la violencia mediante inteligencia artificial, drones autónomos, sistemas predictivos de control social y plataformas de guerra híbrida.
Palantir, cuyos sistemas ya son usados por agencias militares, policiales y de inteligencia en Estados Unidos, Europa e Israel, representa el laboratorio de esta nueva doctrina, una guerra sin rostro, sin responsabilidad política visible, sin límites territoriales y sin mediación democrática.
La radicalidad de esta transformación ha llevado incluso a ciertos centros de pensamiento occidentales, a plantear abiertamente la necesidad de revivir modelos coloniales de administración privada del poder y colocando de referencia histórica a la Compañía Británica de las Indias Orientales, como paradigma de soberanía corporativa armada.
El proyecto emergente es claro, buscando sustituir gradualmente los Estados nacionales por enclaves de gobernanza privatizada, zonas autónomas corporativas, ciudades-empresa, jurisdicciones tecnológicas especiales, donde el capital gobierne directamente, sin mediaciones democráticas ni obligaciones sociales.
La democracia liberal, en este horizonte, aparece como un obstáculo. La soberanía popular es vista como una ineficiencia. El voto es reemplazado por la optimización. El contrato social por términos de servicio. El ciudadano por el consumidor vigilado.
Para América Latina, esta ofensiva tiene implicaciones particularmente graves. Nuestra región ha sido históricamente laboratorio de doctrinas contrainsurgentes, guerra híbrida y tecnologías de control social. Hoy corre el riesgo de convertirse también en territorio de experimentación, para la nueva gobernanza algorítmica imperial.
La digitalización de la seguridad pública, la expansión de sistemas biométricos, el uso de software predictivo policial, la militarización cibernética y la integración tecnológica subordinada con estructuras de la OTAN y el Comando Sur, constituyen síntomas de esta nueva dependencia.
No se trata ya solo de subordinación militar o económica, asistimos a una colonización de la infraestructura cognitiva y tecnológica de los Estados periféricos.
Frente al tecno fascismo es urgente construir una agenda de resistencia y emancipación que articule, soberanía tecnológica popular, mediante el desarrollo de infraestructuras digitales autónomas y tecnologías abiertas.
Control democrático de la inteligencia artificial, subordinando su uso a principios de derechos humanos, justicia social y transparencia pública.
Desmilitarización de la innovación tecnológica, impidiendo que el desarrollo científico sea capturado por complejos militares-industriales.
Integración latinoamericana en ciencia y tecnología, para la reducir dependencia estructural de plataformas extranjeras.
Defensa de la autonomía cultural y epistemológica, frente a la homogeneización algorítmica de la vida.
La llamada “República Tecnológica” no es el futuro inevitable de la humanidad, es el nombre ideológico de un proyecto de dominación, que busca naturalizar la concentración extrema de poder, en manos de una aristocracia tecno-corporativa global.
La disputa contemporánea ya no es únicamente por los medios de producción materiales, sino también por los medios de predicción, vigilancia y administración de la vida.
Frente al nuevo feudalismo digital, los pueblos deben levantar una alternativa histórica basada en la soberanía, la cooperación, la democracia radical y el uso emancipador del conocimiento.
La lucha por la emancipación ya no se libra solo en fábricas, calles y campos, también se libra en los servidores, en los datos y en la arquitectura invisible del poder digital.
