
Por: Ramón Henao, corresponsal de Antorcha.
La mano macabra de la guerra ha tocado todos los territorios de esta esquina noroccidental del continente sudamericano, pero no en todos los casos ha sido de la misma manera, hay lugares donde hay una calma artificial y pareciese que el conflicto no es más que un relato ficticio, otros donde la metralla, el humo y el caos son pan de cada día; lo cierto es que, la realidad de la guerra tiene connotaciones distintas en el Chocó o en el Catatumbo. En el suroccidente colombiano, también existen territorios que han sido moldeados por las dinámicas del conflicto, pobladores de Cauca, Huila y Nariño pueden dar cuenta de esto; el Valle del Cauca tiene una particularidad: las élites enquistadas en este valle interandino han maniobrado para que el departamento sea visto como insignia del desarrollo, donde su pujante industria es la fuente del «bienestar» de sus pobladores, donde los males que aquejan otros parajes del país no tienen posibilidad de pelechar, donde no hay queja puesto que el modelo de desarrollo funciona. No hay mentira mejor fabricada que esta.
Fajos de billetes han merodeado por varios municipios, hay plazas de pueblos donde su efigie es en honor a un narco como pasa en el norte del Valle; pero los efectos de los actores armados en su consecución de dinero se han sentido con mayor fuerza en los departamentos vecinos, tanto así que Cauca y Huila siguen siendo estigmatizados por los rigores de la violencia. En Silvia, conocida como la «Suiza de América», volaron el puente de acceso en una toma guerrillera y duró décadas inservible, mientras que el Valle, ha sido diseñado como enclave de los opulentos, donde la riqueza obtenida con sangre ha puesto sus cimientos y exhibe sus lujos, donde las élites despojadoras fungen de empresarios y políticos, cual alcalde de la capital y gobernadora atornillada. Los análisis del conflicto develan que el Valle del Cauca es una pieza clave en la estructura económica del país, por ende, los señores de la guerra han acordado vestir a la mona de seda, buscando esconder bajo el tapete hechos dolorosos como la masacre de Trujillo, queriendo hacer olvidar a una sociedad predominantemente católica, que los narcos desmembraron un cura y arrojaron sus partes al río.
Actualmente, la Agencia Nacional de Tierras ha dicho que el Valle del Cauca es el departamento con más predios de la Sociedad de Activos Especiales, y que quien hoy maneja los hilos del poder, la Baronesa y actual gobernadora Dilian Francisca Toro, se opone a la reforma agraria; 70.000 hectáreas de terrenos confiscados a capos del narcotráfico se encuentran en los límites departamentales, casi el 40% del área de Bogotá, una extensión que cachetea al campesino que ha sufrido el despojo y vende su fuerza de trabajo a terratenientes que son plenamente conscientes del origen de su riqueza, pero eso sí, todos los domingos van a misa.
La gobernadora amiga de los narcos, ha gobernado en cuerpo propio y en cuerpo ajeno, sus tentáculos se extienden a cada rincón del departamento, su estructura clientelista es sólida, junto con el alcalde de los ingenios, han sido promotores del diseño contrainsurgente en la región, han sido enemigos frontales de las comunidades que reclaman cambios, le han dado a la protesta tratamiento de guerra y además, han fortalecido las capacidades del Estado para enfrentar el crimen organizado, o eso pregonan en los medios de desinformación. Pero la ANT (Agencia Nacional de Tránsito) contradice esa versión, en el Valle del Cauca ha corrido mucha agua bajo el molino si de narcotráfico y nexos con la alta política se habla, aquí hace algunos años separaban a los gobernadores de sus cargos y los metían presos, para colmo de males, eran familiares de personajes como Chupeta; mientras que en la capital, en la «sultana del Valle», centros recreacionales reconocidos eran propiedad de figuras de esa calaña.
Los narcos que han legalizado sus fortunas, que hoy hablan desde los púlpitos de la institucionalidad, acusan de narcos a quienes los han confrontado militarmente como expresiones del pueblo que han optado por la lucha armada; no hacen más que la de la serpiente que se muerde la cola, porque no es sólo la concentración histórica e injusta de la tierra, es la tierra confiscada por el Estado que los políticos de turno no quieren devolver; tienen una papa caliente en la mano, porque el conflicto armado en Colombia no puede ser explicado sin el problema de la tierra, porque pese a que los que más hablaban de reforma agraria se desmovilizaron o en su defecto se paraquearon, el pueblo víctima de la violencia y la exclusión no ha dejado de pelear, no cesará en su reclamo de que la tierra es para quien la trabaja, no para quien la vuelve elemento ocioso y se jacta de su improductividad.
En ese rifirrafe entre la gobernadora y el presidente, escoger un bando es perder si de bloque popular estamos hablando, porque si bien la ANT ha hecho algo, el modelo de despojo que tiene carácter estructural sigue intacto. El último Aureliano pregonó que lo que él proponía para la sociedad colombiana era el capitalismo social, cosa traída de los cabellos si tenemos en cuenta que el jefe de Estado es economista, por lo que debería saber que, el capitalismo y lo social son incompatibles, el capitalismo es enemigo de la vida y la naturaleza. Lula da Silva, por su lado -quien tiene posturas muy camaleónicas- hace poco dijo: «el progresismo se ha convertido en el sistema»; pero aquí el gobierno progresista está más preocupado por si los medios se meten en su vida privada que por cumplir el mandato del pueblo, cambiar lo que debe ser cambiado, atender las causas estructurales de la violencia, garantizar vida digna para pobladores tanto de entornos rurales como urbanos. Nuestro río, aquel que bautiza dos departamentos del suroccidente, que nace en el imponente macizo, que ha sido cementerio, mensajero y vaso comunicante, estaría decepcionado de la quietud y la inacción al que el «gobierno del cambio» condenó al proceso socio-político que ha caracterizado el último periodo de la historia colombiana, ya que la lección que nos da dicho cuerpo de agua es el movimiento, es fluir, pero también abrirse paso cuando algo bloquea el curso de su cauce.
Como elenxs, le decimos a la sociedad vallecaucana y al pueblo caleño: vení ve, vamos a pelear hombro a hombro para que en el futuro este sea hogar común y no terruño en propiedad de narcos y despojadores, para que el campesino y el obrero tenga comida en el plato y pueda salir a darse un borondo con su familia un domingo cualquiera, para que se acabe ese bororó de la violencia y la gente humilde deje de creer que los intereses de la élite despojadora son los propios. También le decimos a los guabalosos y gamines de la capital de la resistencia, que no quedará en el olvido la sangre ofrendada en aquellos días de abril, cuando la juventud marginada marcó la senda y se decidió a hacer historia; como fuerza insurgente planteamos que Eder no ha recuperado la ciudad y que ese nunca fue su objetivo, que la disputa continúa y que un pueblo organizado, consciente de su fuerza, es invencible.
«Tengo que luchar por lo grande y demostrar en la chica, compartir mi rancho con los que están jodidos. Con eso no arreglo el mundo, pero no me traiciono a mí mismo. Esta conversación la tuve con Lula, le dije: ‘si sos presidente, andate a vivir al barrio en que naciste, entre los obreros de San Pablo, no sé. No arreglas el mundo, arreglas la fe, porque la gente tiene que tener fe, tiene que tener confianza. Hay que ser uno más de aquellos por los que estás luchando. Tener la confianza de la gente es un tesoro.» Pepe Mujica.
