Por Camila Eko

La estructura urbana de la ciudad de Bogotá y sus municipios circunvecinos ha evolucionado rápidamente en los últimos años.

La teoría económica de formación urbana nos enseña que las ciudades se organizan de tal manera que, en el centro se ubican las clases de poder económico y político, así como las principales instituciones como son la iglesia y las actividades administrativas, y en las periferias las clases populares. Este hecho es fácilmente visible en la conformación de las pequeñas poblaciones.

Sin embargo para el caso de las grandes ciudades y específicamente para Bogotá, los fenómenos sociales, políticos, demográficos, históricos y especialmente de violencia que han marcado el devenir del país consiguieron modificar la estructura urbana inicial. Es así como en sus principios la ciudad de Bogotá albergaba, en lo que hoy se conoce como centro histórico, a las familias de reconocimiento político y social. Ya durante el Siglo XX, la estructura urbana empieza a cambiar por la llegada masiva de gentes de provincia, que en su mayoría huían del fenómeno de violencia que se gestaba en los campos. Por esta razón las clases altas bogotanas buscaron aislarse de la “plebe”, para lo cual colonizaron haciendas que pertenecían al entonces Municipio de Usaquen, por ejemplo, la gran hacienda del señor José “Pepe” Sierra.

De esta manera la capital colombiana se expandió de manera horizontal y en busca de ese aislamiento social, las clases altas bogotanas llegaron incluso a poblar las periferias del norte capitalino hasta encontrarse con la barrera natural de los cerros orientales, los cuales aun hoy quisieran destruir para conservar ese lugar privilegiado que los aislé de la clase popular.

Sin embargo el tren de la dinámica poblacional, así como la llamada movilidad de clases, ha incrementado su velocidad de marcha en la capital del país, lo que nuevamente ha encerrado a las oligarquías bogotanas, quienes se ven rodeadas por unas clases populares dispersas en la ciudad, y con quienes terminan interactuando en espacios que antes eran exclusivos para ellos.

Esa necesidad de segregación social que se genera en los altos estratos económicos, termina por contagiar la llamada clase media, quienes buscan aquel estatus que los iguale a las condiciones de vida de aquellos que parecieran ser el modelo a seguir, porque así lo ha vendido el capitalismo, a través de su arma mas poderosa, los medios de comunicación, para de esta manera sostener el modelo económico, enriqueciendo a un pequeño y selecto grupo de personas, y empobreciendo al resto de la humanidad.

Es común ver quienes por sentirse, o por lo menos aparentar un nivel socio económico mayor, cambian necesidades básicas como vivienda o incluso alimentación digna por objetos superfluos como un celular de alta gama, vehículos o ropa de determinadas marcas.

Es así como la suscitada necesidad de segregación social ha conllevado a que, por un lado, la población de mayor poder económico de la capital migre hacia los vecinos municipios del noroccidente bogotano, como son Chia, Cajica, Tabio, La Calera, entre otros. Y, por otro, la clase media, clase obrera, buscando, primero, huir de las problemáticas citadinas, como es la deficiente movilidad, los altos índices de inseguridad, el alto costo de vida, etc; y segundo, de manera consciente o inconsciente, intentando alcanzar el nivel de vida de las personas con mayor poder adquisitivo, migren hacia municipios del occidente bogotano como son Funza, Mosquera, Madrid y Facatativa.

Esta dinámica de migración poblacional ha traído consigo múltiples problemáticas que se pudieran analizar, sin embargo, el presente texto reflexionara sobre una en particular. Se trata de como, quienes poseen los grandes capitales han continuado su política de desplazamiento del campesino, que ha acompañado durante décadas la historia de Colombia, claro esta, por lo menos para este caso particular, ya no con el uso de la violencia. Esta vez su arma más poderosa son los medios de comunicación y el falso brillo de los bienes de consumo que ofrece el capitalismo. Así como los conquistadores españoles engañaron a nuestros ancestros indígenas cambiando su oro por espejo, hoy la oligarquía bogotana engaña los campesinos cundinamarqueses cambiando la tranquilidad de su entorno, la belleza de sus paisajes, la calidad de su aire, la fertilidad de sus tierras, por el caos que ellos mismos han dejado en la ciudad.

Es común, al recorrer los alrededores del noroccidente de la Capital, observar los majestuosos condominios y casa quintas que se han construido, en lo que antes eran grandes cultivos agrícolas. De esta manera se esta extinguiendo el campesinado, aumentando el desempleo y las diferentes problemáticas en la ciudad, cambiando comida por ladrillo y cemento, haciendo de la población colombiana cada día mas dependiente de los alimentos importados, es decir, cada día mas dependientes de un imperialismo que podría definir incluso, si el colombiano come o no, y que puede comer.

Hasta el momento hemos alertado sobre la problemática que se esta gestando en las poblaciones que circundan la capital de nuestro país, donde se está generando un cambio de la población campesina, por una urbanización de grandes condominios y majestuosas casas, cuyos nuevos habitantes son totalmente opuestos a la dinámica campesina y por ende a la producción agrícola. Es necesario resaltar que este modelo de desplazamiento y exterminio del campesino se esta extendiendo hacia otras regiones del país.

Ahora bien, es importante recordar que esta ola de desplazamiento del campesinado no se hace con el uso de la violencia, sino por el contrario, a través de acuerdos de voluntades con los campesinos mismos, que en principio da blindaje de legalidad.

Es precisamente esta situación la que nos exhorta, a no solo visibilizar el problema, sino también a encontrar posibles soluciones, que deben partir de la generación de conciencia en las comunidades campesinas, de la importancia de la apropiación del territorio y de la seguridad alimentaria. Las comunidades campesinas además, deben empoderarse, en el autorreconocimiento del importante papel del campesino en el desarrollo económico del país y el buen vivir de los colombianos. Y segundo, en las exigencias y reclamaciones que satisfagan las necesidades de producción y comercialización del bien agrícola. Pero esto solo se logra a través de la organización de las comunidades campesinas, llegando directamente a sus territorios y encontrando allí sus propios liderazgos.