Por: José Vásquez Posada

En la primera parte de esta entrega se hizo referencia a lo paupérrimo de las campañas de los aspirantes al Congreso y de como este escenario ha estado históricamente de espaldas al pueblo. Después de llevarse a cabo estas elecciones, son muchas las reflexiones que quedan. La baja participación, la permanencia de los partidos tradicionales, el reacomodo de los partidos clientelistas, la llegada en mayor cantidad de los sectores alternativos, son algunas de ellas. Sin embargo, la más importante está relacionada con la esencia de la democracia participativa y con la desconfianza y falta transparencia de la Registraduría como institución encargada del proceso.

Para nadie -excepto para los medios de comunicación tradicionales- es un secreto que estas elecciones estuvieron marcadas por una sistemática e inocultable desaparición de los votos de los partidos alternativos. Este tipo de hechos alimentan la exclusión de las clases populares del escenario político institucional -causa estructural y elemento perpetrador del conflicto en Colombia-, y se suman a momentos de la historia tan emblemáticos en este sentido como la constitución del Frente Nacional, el exterminio de la UP y el surgimiento del M19. Hoy, después de décadas de esta lógica, el régimen sigue apostando a este tipo de jugadas para mantener las relaciones de dominación y los lugares de poder intactos.

Bajo nivel y campaña sucia en el camino a la presidencia

Ahora, para entrar en materia de lo que corresponde a esta segunda parte que está relacionada con las campañas presidenciales, lo primero a señalar es que hay una desconfianza sembrada por las más recientes elecciones. Al que la democracia representativa no sea la forma de participación más vinculante, hay que agregarle que los antecedentes históricos, y los más recientes, dan cuenta de que la puerta siempre está abierta a fraudes y a que la corrupción, el clientelismo, y la compra de votos son aspectos transversales y determinantes del juego electoral.

En este contexto, la carrera por la presidencia opacó irremediablemente las campañas por el legislativo. Las consultas previas de las tres coaliciones para definir candidatos únicos para la primera vuelta, ocuparon la agenda mediática y política restándole visibilidad a un ya desprestigiado Congreso. A esto se sumó el protagonismo en menor medida de candidatos que no entraban en el espectro de las tres opciones más fuertes por la presidencia, o que terminaron alejándose de ellas con costos evidentes como el caso de Ingrid Betancur y la Coalición Centro Esperanza.

Sin embargo, la preponderancia del debate presidencial no se debe precisamente a una alta profundidad en los temas o a un gran nivel de discusión. En este aspecto la campaña presidencial está en una línea muy similar a la legislativa. Los discursos de construcción del enemigo, faltos de propuesta y profundamente despolitizados han sido la constante. En muchos de los precandidatos y de quienes siguen en contienda ha sido evidente el desconocimiento del país, de las regiones y de sus necesidades.

En Rodolfo Hernández, por ejemplo, se ha destacado el uso de frases tan banales como “ni izquierda ni derecha” o “ni Petro ni Uribe”, aunque son bien conocidas sus cercanías y simpatías con la figura de este último. Hernández ha acudido repetitivamente a su independencia pero se ha quedado corto en sentar una postura crítica en temas fundamentales para los cambios en el país. Además, más que anecdótico es el hecho de que no tuviera idea de que se le hablaba cuando le preguntaron por el departamento de Vichada, ya que da cuenta el desconocimiento del país que aspiran a gobernar, que no es una característica solo de él.

Bajo esta misma lógica han entrado los candidatos del centro, que en la campaña para las consultas dejaron ver sus marcadas diferencias de egos y personalidades. En esencia, la mayoría de los candidatos de la Coalición Centro Esperanza construyeron su discurso anunciando una transformación necesaria, desmarcándose del plano uribista, pero manteniendo la esencia de los elementos que han perpetuado la desigualdad y la injusticia en el país. Fajardo, el ganador de esta contienda, no pasa de anunciar una lucha contra la corrupción y que la vía para solucionar los problemas del país es la educación. Su discurso es vacío y lento, y promueve una idea del bueno y del malo, donde los que piensen diferente, ya sea con el candidato de izquierda o los de extrema derecha son malos, enarbolando él y su apuesta de “centro” la bondad.

El Centro Esperanza ha configurado así un discurso profundamente despolitizado en el que una tecnocracia neoliberal cree en las buenas intenciones de los dueños del capital en el país. Lamentable fue ver sus debates en donde ellos mismos se encargaron de desgastar su imagen, cazando peleas entre ellos mismos, con el papel protagónico de Alejandro Gaviria, quien supuestamente elevaría el nivel del debate y era “el único capaz de ganarle a Petro” (pero no de ganar su consulta) e Ingrid Betancur, de la cual es evidente su desconocimiento sobre el país y que es incapaz de articular sus ideas políticas sin mencionar la palabra “maquinaria”, como sigue demostrándolo a cada debate al que asiste, como si los problemas del país se redujeran a las mafias de compra de votos.

Por otro lado, la campaña del Equipo por Colombia, además de un conveniente pacto del silencio, pareció más bien una competencia por quien moviera la opinión o fuera capaz de comprar más votos, descartando cualquier posibilidad de idear una propuesta de país. Peñalosa hizo eco de su historial político con una desastrosa votación. Barguil no recibió el amparo conservador esperado y sacrificó su puesto de ausentista número uno del Congreso con una campaña que nunca nadie entendió. Inexplicable de igual forma -de no ser por el entramado clientelista de compra de votos que tiene en la costa- el segundo lugar de Alex Char, que escondido como pocos, se negó a asistir a todos los debates y únicamente otorgó contadas entrevistas en las cuáles podía tener el control de lo que le preguntaban y lo que respondía. La campaña de Char fue tan cínica que las declaraciones de Aída Merlano sobre la compra de votos en la costa fue desestimada diciendo que era una conspiración de Venezuela con la izquierda colombiana, y tan absurda, que la máxima reflexión política que lanzó fue “sábado sin sopa no es sábado”.

Aunque la más deplorable de todas las campañas fue la del Centro Democrático, que terminó sin empezar, y que se quedó sin candidato de su propio partido al sumar sus esfuerzos al ganador del Equipo por Colombia. Esta jugada da cuenta de un desesperado intento por sobrevivir y superar electoralmente la desaprobación del 73% que tiene el aprendiz de presidente que pusieron hace 4 años. Y evita la derrota en nombre propio ya sufrida con Zuluaga, que por sus propios medios tenía pocas o nulas posibilidades, y que en lo efímero de su campaña siguió aferrado a la idea de que una propuesta alternativa “nos va a volver como Venezuela” y trató de sumar un poco de popularidad diciendo que “Petro es el Putín de Latinoamérica”.

Por su parte el Pacto Histórico estructuró una campaña mucho más estratégica ligando las dos elecciones con un solo referente. Esta propuesta, favorita en encuestas, parece ser la más estructurada aunque siga lidiando con sus contradicciones internas como los coqueteos con la camaleónica figura de César Gaviria que siempre está presto al mejor postor y la presencia de algunas personas bastante cuestionables en sus listas.

Ahora, mucho más definido el panorama electoral, lo que se viene es más de lo que se ha visto en las más recientes semanas que seguro irá en incremento hasta el día de las elecciones. Una gran mayoría de candidatos haciendo campaña a partir del nombre de otros, evidenciando una democracia carente de discusión política y estructurada desde la postura de que si ganan los sectores alternativos simplemente dejaría de serlo. Con el paso de los días, los miedos infundados, la campaña sucia plagada de mentiras, y el racismo como motivante irán tomando fuerza, a la par que las discusiones de fondo del país pierden lugar y con ellos la posibilidad de abrir los debates sobre las transformaciones necesarias. A fin de cuentas, la apuesta de la democracia representativa es limitada y en Colombia está cimentada en una institución más que cuestionable. Además, requiere buscar apoyos basados en elementos prácticos que pasan por encima de lo ideológico e incluso lo ético.