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Por: José Vásquez Posada

Desde hace un par de semanas las agendas de los medios de comunicación tradicionales de amplia difusión centraron su atención en Ucrania. El 21 de febrero Vladimir Putín, reconoció la independencia de Donetsk y Luhansk, territorios ubicados en el oriente de Ucrania, y dos días después, tropas rusas ingresaron a este país. A partir de ahí no hemos consumido otra cosa diferente en los medios que no tenga que ver con lo que allí sucede. Hemos visto los rostros de las víctimas, sus historias, los ataques a edificios e instalaciones militares por parte de los rusos; nos ha conmovido la destrucción, los desesperados intentos de la gente por dejar el país, y hasta como gente del común o incluso personas con reconocimiento se han armado para “defender a su patria”.

Sin embargo, el exacerbado cubrimiento de este hecho se ha caracterizado por un despliegue poco visto en otros conflictos. Con el ingreso de las tropas rusas a Ucrania, “la mayor amenaza latente para Europa desde la II Guerra Mundial”, los medios de comunicación descubrieron la guerra y las víctimas. Varios de los reporteros europeos y norteamericanos hicieron énfasis en ser más sensibles al conflicto a partir de que las víctimas eran europeas y blancas. Les aterraba presenciar una situación de guerra en un territorio “relativamente civilizado” como Ucrania, como dijo un reportero de la CBS, aludiendo a que no se trataba de Afganistán, o ser un asunto “muy emocional por ver gente rubia siendo asesinada” como lo mencionó uno de la BBC.

En contraste, con poca atención ha sido tratado el tema de los africanos o ucranianos con ascendencia africana que han intentado escapar del conflicto. En las estaciones de trenes se les ha impedido el paso, y en Polonia se les prohibió ingresar al país. El problema aquí no se trata del reconocimiento de quienes escapan de la guerra, sino de como los medios han dado especial atención, y claramente más importancia a unas vidas que otras, dejándose llevar por la situación de los ucranianos blancos que vale más que el de otros pueblos del mundo.

No solo esto, a la par que se agudizaba el conflicto en Ucrania, llovían bombas en Yemen, Somalia y Palestina, pero ninguno de los medios llevó allí sus reporteros. Y cuando lo hicieron no mostraron los rostros de las víctimas, ni a donde tuvieron que ir después de perderlo todo, y tampoco se habló de la devastación causada por el poderío militar de Estados Unidos, Israel o Arabia Saudí.

En este mismo sentido se ha dado el tratamiento a noticias como la protagonizada por Anastasiia Lenna, reina de belleza de Ucrania, de la cual se difundió ampliamente una foto en la que estaba armada, de la cual en primera instancia se rumoró que se había unido al Ejército, aunque luego confirmó que lo hacía a modo de inspiración. Los medios alabaron la decisión de la joven, aunque a la par han condenado o llamado “polémicos” a quienes con un nivel de reconocimiento y haciendo eco de sus lugares de influencia, se muestran en favor de protestas y movilizaciones sociales.

Lo anterior sin mencionar que los medios de comunicación llegaron ocho años tarde al conflicto en la región, al igual que los que gritan no a la guerra. Y es que hemos visto poco, o prácticamente nada, en cuánto a los orígenes del conflicto. No nos han dicho qué significa la región del Donbas, ni que son y cuál es la relevancia de los acuerdos de Minsk, ni cuáles son los intereses económicos y geopolíticos de las potencias en la región más allá de la reiterada satanización de la figura de Putín, que lejos está de representar los valores soviéticos o socialistas, como desde algún sector de la izquierda parece creerse, si no que parece estar en el ámbito de los viejos principios del imperio zarista.

No está de más anotar que el conflicto en la región se fraguó desde hace 8 años y ha dejado más de 14mil víctimas mortales, que claramente no han merecido el flash de ninguna cámara. De igual forma, en todo este relato construido de manera poderosa por occidente, pocos se han tomado el trabajo de mencionar y mucho menos analizar el papel de los grupos paramilitares neonazis y sus vínculos con el actual gobierno ucraniano. No estaría de más que por lo menos googlearan “Batallón Azov” y contaran al mundo sobre las masacres realizadas en la región.

Este escenario ha causado un clima de histeria colectiva en el que el músculo político ideológico de Estados Unidos y la OTAN ha desplegado toda su fuerza contra todo lo que huela a ruso. Y no es para menos, por ejemplo, la FIFA, institución que ha gritado a todos vientos la imposibilidad de juntar fútbol con política, prohibió a la selección rusa la participación en el mundial, y la UEFA eliminó de sus competencias a los equipos rusos. Bastante contradictorio si rememoramos sanciones como la sufrida por el futbolista Kanoute, sancionado con 3mil euros por mostrar una camiseta en apoyo al pueblo palestino, y otras sanciones recurrentes a grupos de aficionados de diferentes clubes que han expresado su solidaridad con otros pueblos del mundo bajo guerra.

De igual forma se han censurado músicos de ayer y de hoy, deportistas de otras disciplinas, películas y artistas en general; gigantes del mundo financiero como Mastercard y American Express han parado sus operaciones en Rusia, y Netflix suspendió sus servicios en dicho país. En consecuencia con ello, Estados Unidos y la OTAN, hasta ahora, se han resistido a ingresar a la confrontación militar, tal vez proyectando la inviabilidad o lo caótico de este escenario ante el poderío militar de su contrincante, y como respuesta han preferido desarrollar la guerra por la vía de las sanciones, abriendo posibilidades a sus mercados y a su crecimiento económico.

Solo el pasar de los días dará cuenta de como se seguirá desarrollando la guerra y de cuáles serán los siguientes movimientos de EEUU y otras potencias. Lo que si no abre espacio a dudas, es como los valores de occidente transmitidos a través de los grandes medios de comunicación, tienen la capacidad de rotular todo lo que pasa en el mundo, decidiendo qué es una guerra de pacificación o con justa causa y que es una invasión; cuáles bombas merecen ser tiradas y cuáles son condenables, quiénes es una víctima o refugiado y quién un migrante o desplazado; cuándo un hecho merece nuestra atención y solidaridad y cuándo nuestra condena. Y claro, que no se entienda esto como una justificación del proceder del gobierno ruso, que siguiendo lo ya dicho, es claramente conservador y de derecha, y ha puesto la atención del mundo a partir de la intención de concretar sus intereses económicos en la región a partir de la promoción de una guerra imperial respaldándose en su poderío militar.

Perla final: El gobierno colombiano, siguiendo con la constante de ser un desastre en el manejo de las relaciones internacionales -así como en todas sus líneas de trabajo-, especuló en un primer momento sobre el envío de tropas en apoyo a Ucrania y posteriormente se ofreció como mediador en el conflicto. Si, como mediador de una guerra vía diálogo cuando en su propio territorio no ha respetado unos acuerdos que no van más allá de la constitución vigente, y ha realizado cuanta artimaña exista para no solucionar de manera dialogada el conflicto que continua a pesar del acuerdo.


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