Por: José Vásquez Posada

Época electoral. Los políticos tradicionales se jactan de la democracia más antigua de América Latina en medio de la reproducción de la pobreza y la muerte. Muchos de los congresistas actuales buscan repetir escaño para seguir llenando sus bolsillos y favoreciendo a sus grupos políticos locales, la mayoría de ellos -salvo contadas pero valiosas excepciones- con hojas de vidas llenas de manchas, corrupción, chanchullos, sangre. En medio de todo esto, la carrera electoral a la presidencia que varios candidatos comenzaron incluso desde hace varios períodos atrás, y en la que, hasta los mismos uribistas, prometen resolver el desastre en el que su partido político nos tiene desde hace más de 20 años. Sobre estos dos puntos, centrales en el debate actual del país, se realizarán dos entregas. Acá la primera sobre las elecciones legislativas:

Un Congreso siempre de espaldas

De las campañas para elecciones al Congreso, la primera impresión que queda es que en comparación con pasadas, en muchas de las ciudades principales del país la campaña no ha sido un despropósito visual; esto sin negar que la saturación existe, es invasiva, y aumentó considerablemente en los días previos al 13 de marzo. Sin embargo, al igual que en años anteriores, el contenido de esta propaganda es prácticamente nulo. La mayoría de los candidatos que cuelgan sus vallas y pendones ponen su foto, el logo del partido y su número en el tarjetón, esperando que algún desprevenido los retenga y les de su voto, por confianza o despiste, el día de las elecciones.

Los que más, se acompañan de alguna frase inconclusa y vacía, seguramente las más llamativas, para mal, o para peor, son las frases de las vallas del Centro Democrático. “Fuera Petro Guerrillero”, “Paremos a Petro”, “No al Comunismo” o “Los de Uribe”, son algunas de las postales que deja esta campaña. Las dos primeras, dan cuenta de la necesidad de construir un enemigo en el discurso, la estrategia del miedo sigue siendo clave en “la propuesta” uribista; la tercera, que parece sacada de un póster de la guerra fría, apunta a lo mismo que las dos primeras; y la última, tal vez la más llamativa de todas, representa como los candidatos de este partido político -si, los que aspiran a legislar- carentes de ideas, no son capaces de pensar o proponer algo más allá de una figura nefasta que se encuentra con la popularidad por el piso.

Aunque fuera de concurso, precisamente por demostrar que las reglas de la democracia liberal están hechas para romperlas, está la pancarta que sacó Miguel Uribe: la frase “Ojo con el Congreso” acompañada de la figura satanizada del rostro de sus contrincantes políticos. Esta propaganda le da clases al resto en: juego sucio, construcción del enemigo para sobresalir, e incapacidad de crear o proponer desde los argumentos propios.

Pero bueno, en favor de la democracia hay que decir que el Centro Democrático no es el único que peca en estas cuestiones. Una candidata del verde aprovechó el lapsus idiomático de Ingrid (de la que hablaremos un poco en la segunda entrega) para poner una valla en la que dice “Las mujeres se hacen violar elegir” con la palabra violar tachada. ¿Es en serio que se vale acudir a la revictimización de las mujeres que han sufrido violencia sexual para sumar un par de votos? Sin palabras.

O Anastasia Rubio, sobrina de Ingrid y candidata de Centro Esperanza a la Cámara por Bogotá, que señaló que el candidato a la presidencia Rodolfo Hernández la estaba plagiando porque utilizó en una de sus concentraciones una frase que su equipo de campaña pensó, discutió, patentó y dijo primero que todos: “Ni Petro, Ni Uribe” (¿?). Y más allá de todos estos, también están los que posaron semidesnudos, los que prometieron que quitarían el IVA, los que utilizaron un eslogan con rimas baratas y sin sentido, y otro montón que se me escapan -de manera voluntaria-, y que son candidatos de relleno que no tienen ningún tipo de oportunidad real de llegar al Congreso.

La cuestión aquí, es que más allá de lo anecdótico, lo anterior da cuenta de un problema de fondo que rebasa la imposibilidad de condensar una propuesta política en una pancarta. No es solo falta de creatividad o incapacidad en el diseño. Es el reflejo de lo vacío y poco importante que significa el Congreso para el pueblo colombiano. Es una instancia que tiene poco reconocimiento, que históricamente tiene niveles de abstención altos, y en la cuál tuvieron un papel en el período más reciente dos personajes muy cuestionados. Por un lado, Jennifer Arias, del partido Centro Democráticoquien como presidenta de la cámara de representantes, fue cuestionada por plagiarla tesis de grado,con cero implicaciones legales, políticas, éticas y sirvió a los intereses de la mafia en el poder; y Ernesto Macías, también del Centro Democrático,presidente del Senado en los dos primeros años de legislatura, de igual forma envuelto en complicaciones con sus títulos de bachillerato, y que desde su papel desarticuló y e hizo un esfuerzo por censurar las voces críticas y de oposición.

Pasando a términos generales, el Congreso pretende ser el lugar donde todas las discusiones se delatan. Ni siquiera se ha tramitado con buen término un proyecto en el que los congresistas se bajen ese sueldo absurdo y astronómico que tienen, que ha sido una demanda popular desde hace años en el país. Cientos de miles de mujeres llevan años esperando que el Congreso legisle sobre el aborto; clases populares siguen esperando la gratuidad en la educación, renta básica y una salud digna; trabajadores continúan a la espera de una legislación laboral que reconozca lo fundamental de su trabajo y una retribución acorde con ello, además de una pensión digna después de 40 años de trabajo; y así un largo etcétera de muchos sectores a los que el Congreso históricamente ha dado la espalda. Con estos antecedentes ¿Qué puede esperar el pueblo colombiano de una instancia cómo está? ¿Cuándo el Congreso ha legislado para la gente?

Y es debido a esta desarticulación entre legislativo y el pueblo, que las elecciones al Congreso son el escenario perfecto para la compra de votos a nivel local y para la puesta en marcha de las famosas “maquinarias”. Y es que un puesto en el Congreso puede llegar a ser de gran importancia para los clanes políticos locales: influencias, lobby, proyectos, recursos y corrupción. De ello da cuenta las recientes declaraciones de las exsenadora Aída Merlano, quien mostró cómo los Gerlein y los Char, dos clanes poderosos de la costa Caribe colombiana, pusieron a disposición una campaña de más de 11mil millones de pesos para que ella ocupara un lugar en el Congreso. Si eso vale la campaña, ¿cuánto es el dinero que se puede mover desde un lugar de estos? Las cifras son impensables. Además ayuda a reproducir y fortalecer estructuras de poder local que chupan como garrapatas el dinero de la gente. Ahí es donde aparecen el Cambio Radical, el Partido Conservador, el de la U, el Centro Democrático, y demás partidos rapaces de cuanto peso público se vea en el panorama.

Con estas condiciones, es poco lo que se puede esperar de este escenario. Porque para el pueblo en su generalidad el legislativo sigue siendo un misterio. No hay un conocimiento general de cuál es su papel, de qué significa que haya dos cámaras, de cuáles son las circunscripciones especiales. Más bien, el relato colectivo que se ha ido construyendo hace ya un buen tiempo es que el Congreso es un “nido de ratas”. Esto claro está, va mucho más allá de la responsabilidad de los candidatos, aunque muchos aspiran a repetir. Se debe, a períodos y períodos de un funcionamiento conveniente guiado por intereses particulares; ante esto, pocos son los congresistas que han logrado darle un uso en favor del pueblo, que han promovido debates de control contra los corruptos y en interés de las mayorías. Y es que claro, en teoría la participación popular y la representación política son fundamentales para transformar las instituciones, entre ellas el legislativo. Pero mientras las clases políticas tradicionales sigan atornilladas a este escenario gestionando la defensa de sus intereses, mientras la gente no tenga como elegir y sancionar, mientras no se abran las puertas a los debates profundos sobre cambio social y político en el país, serán pocas las transformaciones venideras desde estas instancias.