Cerró el 2018 y llega el momento de los balances. Balance de la agudización de la pobreza, del despojo de tierras, de las violaciones a los Derechos Humanos. Vamos a dedicar estas líneas a hacer un balance de las violencias hacia la mujer en una apuesta por visibilizar la magnitud de este problema social y su urgente supresión en lo que implica un proyecto revolucionario.

En lo corrido del año se han registrado alrededor de 35.984 casos de violencia contra la mujer en Colombia, es decir, cada 28 minutos una mujer es víctima de violencia; así lo indicó el informe realizado por el Instituto Nacional de Medicina Legal. Las mujeres que tienen entre 20 y 29 años son las más afectadas, con más de 15.600 casos registrados en 2018. El mayor tipo de maltrato es psicológico (1099 casos). Le siguen la violencia física (824), violencia económica (501), violencia sexual (449) y violencia patrimonial (332). Entre enero y octubre de 2018, Medicina Legal registró 19.193 delitos sexuales contra mujeres en todo el país.

Este mismo informe reveló que de diez casos que se presentan, solo tres son denunciados y peor aún, la imposibilidad del acceso a la justicia frente a los mismos se convierte en un mecanismo de impunidad. En la justicia oficial las mujeres son doblemente victimizadas, por un lado, porque no se resuelven los casos en términos de castigo a los responsables; también porque es una justicia diseñada y administrada por hombres que desconoce los impactos particulares que tienen las violencias sobre el cuerpo y la vida de las mujeres.

De manera que las mujeres no denuncian por miedo, temen ser revictimizadas y que se les juzgue como responsables de la violencia que a ellas mismas las afecta. Ese miedo, se debe a que en el marco de la cultura patriarcal son señaladas como “merecedoras” del castigo, o como “cómplices” de la actitud violenta.

A noviembre de 2018 se presentaron 796 asesinatos de mujeres, de los cuales 265 se trata de feminicidios, es decir crímenes de odio, asesinatos de mujeres por el hecho de serlo. Los departamentos que concentran el mayor número de casos de homicidios de mujeres son Valle del Cauca (38), Antioquia (31) y Cauca (16). Además, Bogotá (760); Cali (126); Medellín (109); Barranquilla (92); aparecen como las ciudades donde más se reportan casos de otros tipos de agresiones contra las mujeres, tales como violencia de pareja, violencia intrafamiliar, delitos sexuales y violencia interpersonal.

La violencia contra las mujeres es un asunto regional

De los 25 países del mundo con las tasas más elevadas de violencia contra la mujer, 14 están en América Latina. En la región se estima que una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia.

En México, mueren más de siete mujeres al día víctimas de la violencia machista. En países centroamericanos como Guatemala, una de cada 5 víctimas mortales es mujer. En Honduras cada 18 horas una mujer es reportada como asesinada y nueve de cada diez niñas han sido abusadas sexualmente.

El principal refugio de la violencia de género es la impunidad. Según cifras de la ONU, para 2016 un 98% de feminicidios y otras formas de violencia contra las mujeres quedó impune.

Esta realidad nos interpela como proyecto revolucionario

El proceso de acumulación que implica el capitalismo, en sus ansias por invadir y expropiar culturas y bienes comunes, también avanzó sobre el cuerpo de las mujeres a través de la violencia. Es así como el patriarcado resulta funcional a las lógicas del capitalismo. De ahí que entendamos capitalismo-colonialismo-patriarcado como sistemas múltiples de dominación que hay que combatir desde un proyecto revolucionario.

Cada sistema de dominación tiene sus intereses. El capitalismo por ejemplo está al servicio de las transnacionales, se beneficia de los grupos económicos; el patriarcado tiene un sistema de beneficios hacia los varones, por eso es importante la interpelación que puedan hacerse los hombres acerca de estos privilegios. Sin embargo, no se trata solamente de “declararse feminista” y luchar por la liberación de “ellas”, sino sumarse y reconocer el lugar del patriarcado en la propia vida.

Es imposible pensar que se pueda producir la liberación de una mujer en sociedades donde haya explotación y colonialismo; así como tampoco es posible pensar en la emancipación de los pueblos oprimidos sin la emancipación de las mujeres o manteniendo su opresión. El crecimiento de la conciencia frente a las realidades que viven las mujeres implica reconocer que esta lucha va articulada con todas las luchas.

Aspiramos a que nuestras revoluciones sean feministas. Eso implica disputar contra intereses que agencia el capitalismo en su apuesta de acumulación y saqueo, pero también lograr un cambio en las relaciones que existen entre hombres y mujeres. Especialmente en este momento político del país -y el continente- cuando avanzan sectores profundamente conservadores, que con el adiestramiento del pueblo intentan echar para atrás conquistas logradas por las mujeres.