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Por: Octavia Rebelde, corresponsal de Antorcha.

Desde hace un tiempo, venimos advirtiendo la avanzada paramilitar en las ciudades que ha venido manifestándose de distintas formas, un plan de despliegue que se ha venido implementando como estrategia para asegurar el control territorial de las urbes y los corredores estratégicos que hay en ellas. En su configuración actual, el plan paramilitar para cercar las ciudades ha venido avanzando lenta pero contundentemente; en el caso de la ciudad de Bogotá se vienen instalando por el borde suroriental que comprende las localidades de Usme, San Cristobal y Rafael Uribe Uribe.

La reconfiguración del paramilitarismo

Para nadie es un secreto que el llamado proceso de Justicia y Paz que implementó Alvaro Uribe durante su presidencia, no fue más que una fachada para dejar bien librados a los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) pese a los innumerables crímenes de lesa humanidad que cometieron durante su auge; fruto de esa «desmovilización a medias» (cuestión que no solo ha sido denunciada innumerables veces por las organizaciones de víctimas, sino también documentado y cuestionado desde diferentes estudios periodísticos y académicos) muchos paramilitares continuaron con sus negocios en los territorios, sembrando miedo y terror, ya sin una figura que unificara su accionar, pero con las mismas dinámicas; poco a poco, fueron fortaleciéndose a partir de la creación de nuevos grupos bajo distintos nombres, nuevas alianzas y una nueva operatividad y estructura. Así, desde la comandancia de varios paramilitares de las AUC en conjunto con otras estructuras disidentes del EPL (Ejército Popular de Liberación) que se había desmovilizado en los noventa, fueron unificando y encaminando su accionar, desde el Urabà Antioqueño hasta extenderse por varios departamentos aledaños. Así, para el año 2012 ya se había conformado una nueva estructura: Las Autodefensas Gaitanistas de Colombia -AGC- o Clan del Golfo o Urabeños como se les ha llamado de acuerdo con su origen y accionar en diferentes territorios.

Su nueva estructura y forma de operar se diferenció en varios sentidos de las AUC, desde su forma de controlar las rutas de narcotráfico y economías ilìcitas (estableciendo en muchas ocasiones acuerdos y alianzas con bandas locales, no siempre recurriendo a la violencia) hasta la forma en que empezaron a ejercer control territorial en las comunidades y territorios. Las AGC establecieron una nueva forma de controlar los territorios: Una red mixta en la que aproximadamente un tercio funciona comandada directamente por el liderazgo de Urabá mientras que las otras son franquicias que mantienen una independencia relativa pero que usan el nombre de las AGC y obedecen a órdenes estratégicas cuando así se solicita; además, cada célula local es autosuficiente financieramente lo que explica la expansión de las AGC a diversas economías ilícitas y no sólo al narcotráfico, también al tráfico de mercancía, de personas, la trata sexual de mujeres, migrantes, la extorsión a comerciantes, entre otras. Además, vienen realizando un trabajo de filtración de los espacios comunitarios, estableciendo relaciones con instituciones como habitantes de los territorios, construyendo legitimidad comunitaria a partir de la resolución de necesidades económicas de las comunidades, para mantenerse en los territorios y desde allí controlar lo que sucede.

La entrada a Bogotá y su establecimiento en la zona suroriental

Como en todas las ciudades del país (bajo el modelo de ciudad capitalista y neoliberal), las periferias suelen ser los escenarios propicios para el control territorial por parte de estos actores debido a la poca o a veces nula presencia institucional, pero además por las extremas condiciones de marginalidad en las que se encuentran las comunidades que las habitan fruto del sistema que les excluye y usa la fuerza de trabajo de la gente para enriquecer a unos pocos. El suroriente de Bogotá no es la excepción, mucho menos siendo la ciudad del país epicentro del modelo capitalista implementado en Colombia y por ende expresión máxima de sus contradicciones. Es así como esta ciudad también concentra una historia de presencia paramilitar, olvidada y dejada a un lado por los medios masivos de comunicación pero que hoy es preciso retomar para comprender mas ampliamente a qué nos enfrentamos; durante el auge de las AUC, el Bloque Capital comandado por Miguel Arroyave y comprendido como una extensión del Bloque Centaurus y algunas facciones provenientes de Córdoba y Urabá, fue el encargado de dominar el corredor que conecta a Bogotá con el departamento del Meta para controlar la comercialización de la coca. En aquel momento, el Bloque Capital llegó a contar con más de 200 hombres en sus filas. Pronto hicieron presencia en barrios como el 7 de Agosto (localidad de Barrios Unidos), el Restrepo (localidad de Antonio Nariño), Altos de Cazuca (Municipio de Soacha y conexión directa con la localidad de Ciudad Bolívar), y localidades enteras como Kennedy, Bosa, Ciudad Bolívar y Puente Aranda. Al final, debido a las fracturas internas durante el proceso de «desmovilización» entró en declive.

Hoy son Las localidades ubicadas en el borde suroriental (Usme, San Cristobal y Rafael Uribe Uribe.) las que reciben la primera estocada contundente del Paramilitarismo (aunque no hay que ignorar otros brotes que bajo las nuevas dinámicas se han presentado sobretodo en el suroccidente de la ciudad -Kennedy, Bosa, Fontibón, Ciudad Bolívar, entre otras-). Estas localidades han sido históricamente olvidadas y sometidas a la precariedad pero también concentran una fuerte tradición de organización popular y comunitaria, como también es habitual debido al deseo infranqueable de la clase popular de liberarse de su opresión y de construir alternativas de transformación. Sin duda, eso no basta para el interés particular en esta zona de la ciudad por parte del paramilitarismo, tenía que encontrarse entonces un corredor estratégico que incrementara su valor. Es así como el Parque Ecológico Entre Nubes entra en la ecuación siendo un punto de conexión entre las tres localidades pero también la puerta de entrada a los cerros orientales (la coordillera central) y por ende a los llanos orientales por el centro-oriente del país y al departamento de Boyacá hacia el nororiente. El Parque Ecológico Entre Nubes ha sido como siempre una lucha que han librado las comunidades y organizaciones populares para su reconocimiento como medida de cuidado y protección de este importante pulmón de la ciudad; pero hoy se ha convertido también en el lugar predilecto para la llegada y el establecimiento del paramilitarimo en la ciudad.

Desde el año 2018 se viene denunciando la incursión de algunas franquicias del proyecto paramilitar que se han hecho con el control territorial del borde suroriental de la ciudad a partir de la implementación de las lógicas anteriormente descritas, sumado a lógicas aún más violentas como la desaparición forzada, los asesinatos vinculados a la limpieza social, el despojo y la apropiación de tierras en alianza con «tierreros», y por supuesto las amenazas directas a los liderazgos sociales y organizaciones populares de los territorios. Desde las primeras denuncias hasta ahora, han sido nulas las respuestas institucionales y por el contrario, se ha venido consolidando el control territorial, que en un primer momento inició con la extensión de una de las franquicias denominada «Los Paisas» provenientes de Antioquia (desde la oficina de Envigado) pero que hoy se consolida con la presencia real y directa de las AGC en terreno implementando estrategias de terror como las pintas de «EGC presente» en la parte alta de las tres localidades. Hoy son las organizaciones populares, las principales afectadas mientras las instituciones del Estado miran para otro lado y la policía establece alianzas en las que se lucra de los negocios del paramilitarismo mientras le ayuda a establecer el control territorial. Sus nuevas dinámicas no solo dificultan la contención de su accionar, sino que además colocan un velo sobre la comunidad y dificultan el ejercicio de confianza que antes unía a organizaciones y comunidades contra un enemigo claro; hoy el enemigo se disfraza de comunidad y gana legitimidad hasta el punto de poner a la comunidad en contra de los proyectos de transformación y liberación.

Bajo el panorama descrito, es necesario cambiar también nuestra estrategia, la resistencia nos ha permitido permanecer en la lucha, pero ya no es suficiente, no es suficiente contra un proyecto de muerte que avanza y nos sigue arrebatando la vida y las condiciones de existencia; es hora de pasar a la ofensiva, en los barrios, en la comunidad, en la lucha armada porque hay amenazas que solo se pueden combatir con armas. Esa ha sido la premisa de la insurgencia, nos alzamos en armas para resistir contra todo un aparato que nos hace la guerra y si bien, las ciudades no han sido el epicentro de la confrontación armada, lo que ha sucedido históricamente es que estos actores han ganado terreno a costa de nuestros muertos, de nuestros desaparecidos y de nuestros expatriados. Hoy como siempre ha sucedido, la denuncia no es suficiente ante un Estado cómplice, un Estado que por estrategia ha decidido intencionalmente mirar para otro lado. Las canciones y las consignas son más vigentes que nunca: Hay que avanzar «con el proletario al frente, con el campesino al lado, con la guerrilla avanzando y con el pueblo organizado».


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