por: Daniela Torres Restrepo

El gobierno de Ivan Duque encarna una manera de gobernar basada en la “mano dura” del uribismo y en los lineamientos políticos neoliberales que le dieron paso a leyes tan nefastas como la de la Ley 100. Lineamientos en los que el uribismo y el santismo encuentran un punto de conciliación y afinidad.

Duque no solo es conocido en el mundo por el “recado” que le dio al rey de España de parte de Uribe, sino también por ser el impulsor desde su puesto en el BID de la “Ola Naranja” o la economía Naranja, que en palabras generales significa, la generación de riqueza a partir del talento creativo y la propiedad intelectual sobre este.

En su tiempo de senador impulsó el proyecto de Ley que fue aprobado en Mayo del 2017 para “El fomento de la industria creativa y ley naranja”. Ahora como presidente, Duque pone este “sector”, como uno de los mas importantes y en los que enfoca sus propuestas de crecimiento económico.

Los bienes y servicios creativos son considerados el quinto bien mas comercializado del planeta, con ingresos de mas de 4 billones de dólares, según informes en Colombia aportan casi el 3% del PIB*. Dirán entonces que ¿por qué tanta “criticadera” y romantisismo, si la economía de nuestro país debe crecer y este puede ser un factor de crecimiento? o casi el único como lo plantea el nuevo gobierno.

La respuesta es simple: Porque la reducción de la cultura en un nuevo nicho de la economía, en la lógica de libre mercado, privatiza la cultura, genera su concentración en grandes plataformas productoras de entretenimiento mundial; cambiando por completo el rol de esta en la construcción de identidad como pueblos; es decir la cultura pasa de ser derecho a un negocio.

Colombia sí necesita una ley de fomento cultural…

Poco o nada se han preocupado los gobiernos oligarcas por el fomento a la cultura y la promoción de la pluriculturalidad de la que tan orgullosos nos sentimos cuando hablamos de nuestro país. Todos podemos coincidir en que Colombia SI necesita no solo una ley, sino un política de fomento y desarrollo cultural que:

*Proteja la cultura de los pueblos indígenas, afros, negros y palenqueros, como parte fundamental de la construcción de identidad y memoria.

*Promueva la creación cultural y artística de todas las regiones del país, apoyando iniciativas juveniles y dando prioridad a territorios pobres.

*Genere infraestructura descentralizada para el acceso público y gratuito a la cultura popular, nacional y universal.

*Que formalice el trabajo de las y los artistas, les reconozca como trabajadores de la cultura y les garantice sus derechos laborales.

…Si, pero no así!

Por el contrario:

*La ley naranja beneficia el monopolio de la industria cultural y del entretenimiento: En América latina industrias como la cinematográfica o editorial han reducido su capacidad de producción dramáticamente, porque no logran competir con los emporios económicos transnacionales, por ejemplo los que están en manos de los españoles.

*La ley naranja privatiza la cultura: disminuyendo la inversión pública a subsectores de la cultura que lo requieren (infraestuctura, carnavales populares), promoviendo incentivos bajo requerimientos que hacen imposible su acceso, por parte de medianos y pequeños productores nacionales, que no tienen capacidad de competencia con las grandes empresas del entretenimiento.

* La ley naranja homogeniza la cultura: Se impone la tendencia de la cultura de élite, occidental. Bajo las leyes del libre comercio se impone lo que consume más y con mayor ganancia. Lamentablemente la promoción de la cultura actual carece de tradición y raíz, carece de identidad y contrario a lo que piensa Duque, de originalidad, por lo mismo promueve una idea de la no-cultura como cultura.

Que se patentó el Arrechón, bebida tradicional de la región del pacífico, por un comerciante caleño; que los tejidos de la guajira o del sur de México, tienen “derechos de autor” de alguna diseñadora de modas europea, son evidencia de que la ley del dinero, diría una canción, reina en el mundo.

El neoliberalismo puso sus ojos voraces en la creatividad y la imaginación del ser humano buscando crear riqueza no colectiva, riqueza monetaria; por esto los pueblos del mundo y sus creaciones culturales deben rebelarse contra este tipo de leyes, rebelarse es desconocerlas, hacerse al margen, confrontarlas con fuerza y decisión para evitar la reglamentación a la creatividad humana, que tantas veces nos ha sacado, como humanidad, del mundo gris en el que nos encontramos.