
Por: Orlando Cienfuegos, corresponsal de Antorcha Estéreo.
Sesenta años después de la muerte en combate de Camilo Torres Restrepo, el país vuelve a mirarse en un espejo incómodo. El reciente anuncio público del Ejército de Liberación Nacional (ELN) sobre el hallazgo e identificación de sus restos reabre un debate nacional largamente aplazado: el de la desaparición forzada como práctica sistemática del Estado colombiano y la deuda histórica con las víctimas. Camilo —sacerdote, sociólogo, fundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, dirigente político nacional y guerrillero Eleno— fue asesinado en 1966, fotografiado como trofeo de guerra y, acto seguido, desaparecido.
El cuerpo de Camilo Torres permaneció desaparecido durante seis décadas. Tras su muerte en Patio Cemento, Santander, el Estado colombiano no solo negó una sepultura digna, sino que ocultó deliberadamente el paradero de sus restos. La exhibición del cadáver como botín militar y su posterior desaparición constituyen una violación grave de los derechos humanos que debe nombrarse por su nombre: terrorismo de Estado. Colombia arrastra una larga y dolorosa historia de desapariciones forzadas perpetradas por agentes estatales y estructuras paraestatales, una práctica que ha dejado decenas de miles de familias en un limbo de dolor permanente.
En 2016, al cumplirse el cincuentenario de la muerte de Camilo, el movimiento social y revolucionario impulsó acciones jurídicas y de movilización para romper el silencio oficial. Se realizó una peregrinación a Patio Cemento, lugar donde cayó en combate y donde versiones históricas señalan que habría sido enterrado por órdenes del general Álvaro Valencia Tovar. Aquellas acciones no solo buscaban un cuerpo; exigían verdad, reconocimiento y memoria frente a una institucionalidad que había preferido el ocultar la verdad y negar su responsabilidad.
En ese contexto, no es menor que haya sido el Ejercito de Liberación Nacional quien hiciera público el anuncio del hallazgo del cuerpo. Fue nuestra insurgencia la que volvió a poner el tema en el centro del debate nacional, exigiendo que los restos sean devueltos a la familia, a la sociedad colombiana y a la historia de lucha del país, y que reciban un sepelio con honores en la Universidad Nacional, espacio donde Camilo fue capellán, profesor y fundador de la Facultad de Sociología. Si este anuncio no se hubiera producido, es legítimo preguntarse cuánto tiempo más habría prolongado el Estado la incertidumbre y el dolor de quienes nunca dejaron de buscar.
El caso de Camilo es paradigmático porque desnuda una verdad estructural: mientras no aparezcan los cuerpos, estamos ante desapariciones forzadas en curso. Es preciso decir que la ausencia prolongada (la desaparición) es una forma de tortura reconocida por el derecho internacional que se renueva cada día para madres, padres, hijas e hijos. En Colombia, cientos de colectivos de derechos humanos y miles de mujeres —madres buscadoras— han sostenido esta lucha contra el olvido, enfrentando la indiferencia y, muchas veces, la persecución.
Por eso, la posible recuperación de los restos de Camilo Torres no es solo un acto de justicia individual. Es una oportunidad histórica para abrir caminos de verdad en otros casos, para que el país asuma responsabilidades y para que la memoria deje de ser tergiversada. Reconocer la desaparición forzada de Camilo implica reconocer una práctica que ha marcado al Estado y que exige garantías de no repetición.
Camilo Torres muere para vivir
Camilo Torres Restrepo no es solo una figura mítica; es un símbolo vivo de las luchas del pueblo colombiano. Su caso condensa el dolor de miles de desaparecidos y la persistencia de quienes no se rinden ante el silencio. Devolviendo su cuerpo a la historia —a su familia y a la Universidad Nacional— Colombia se puede dar un paso mínimo, pero necesario, hacia la verdad y la justicia social.
Isabel Restrepo, su madre, exiliada en Cuba y buscadora incansable, lo dijo con una claridad que atraviesa el tiempo “Tengo la seguridad de que al morir Camilo verdaderamente nació”. Nació en la memoria del pueblo, en la esperanza de los oprimidos y en la convicción de que la justicia social sigue siendo una tarea del presente. Mientras Camilo siga desaparecido, la herida seguirá abierta. Cuando aparezca, su ejemplo seguirá alumbrando las luchas por las que ofrendó su vida.
