Dirijo esta carta a soldados rasos y policías para narrarles una historia triste y desgarradora -que mañana les puede ocurrir a ustedes-, sobre la ejecución de dos soldados en 2006 por parte de militares que así los castigaron por haberse negado a matar civiles.

El 8 de octubre de 2006 en la vereda el Alto de la Virgen situada entre los municipios Tibú y El Tarra, Norte de Santander, corazón del Catatumbo, durante la Operación Serpiente desarrollada por la Segunda División del Ejército, mataron al Cabo Raúl Carvajal Londoño y al soldado José López Ardila integrantes del Pelotón Destructor Uno, ambos provenientes del Batallón de Infantería Antonio Ricaurte de Bucaramanga recién transferidos a Norte de Santander; el informe oficial presentó estas ejecuciones como consecuencia de un supuesto combate con guerrilleros de las FARC, pero los exámenes de criminalística demostraron que los mataron con disparos hechos a 2 metros de distancia.

El Pelotón comandado por el Cabo Carvajal Londoño atravesaba una trocha, cuando el soldado Óscar Agudelo Ruiz que encabezaba la marcha, oculto tras los matorrales y obedeciendo órdenes superiores a sangre fría disparó contra el Cabo Carvajal y el soldado López Ardila causándoles la muerte, según revelaron posteriormente los demás soldados del Pelotón.

Días antes de su asesinato el Cabo Carvajal por teléfono dijo: “Papá, esto está muy feo, me mandaron a matar a dos muchachos para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, yo no los quise matar, me voy a retirar del Ejército”.

Entre los culpables de estos asesinatos se destacan los entonces Generales Paulino Coronado Comandante de la Brigada 30, el General Comandante de la Segunda División del Ejército José Joaquín Cortés, el Coronel Gabriel Rincón Amado jefe de operaciones de la Brigada Móvil 15 y el Coronel Álvaro Diego Tamayo Hoyos Comandante del Batallón Santander.

En ese momento el Presidente era Álvaro Uribe (2002-2010) quien presionaba a los militares para aumentar el número de bajas en la Guerra antisubversiva, para lo que el Ministerio de Defensa expidió la Directiva 29 del 2005 que recompensa con dinero y ascensos a quienes más presenten bajas, orden que dio lugar a la monstruosa serie de crímenes llamados Falsos Positivos, en los que los militares matan civiles inocentes y luego presentan sus cadáveres como “guerrilleros dados de baja en combate”, matanza que según estadística de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) llega a la trágica cifra de 6.402 ejecuciones.

Desde el día del asesinato de su hijo a manos del Ejército estatal la vida de don Raúl Carvajal se convirtió en un suplicio que terminó el pasado 11 de junio cuando murió, siendo el deceso número 94.615 que produce el Covid-19. Durante 15 años vivió la odisea de su vida buscando que ese asesinato no quedara impune, esfuerzos que no fueron suficientes porque exhaló su último suspiro sin que el Estado juzgue aún a los responsables.

Mi hijo, decía don Raúl, fue condenado a muerte por defender principios morales y humanistas que desde niño hizo suyos; luego de una búsqueda tenaz en 2011 sacó del cementerio de Montería los restos de su hijo, los cargó sobre su viejo camión hasta la Plaza Bolívar de Bogotá donde lo expuso al público revelando los detalles de este abominable crimen de Estado.

En Bogotá Don Raúl sostuvo un valiente ‘cara a cara’ con Uribe a quien increpó por el asesinato de su hijo, diciéndole, “ojalá le mataran un hijo a usted para que supiera lo que eso duele cuando un hijo es bueno; pero ustedes son unos asesinos, porque si no tuvieran que ver con el asesinato de mi hijo hubieran dejado que se investigara, yo personalmente le entregué a usted una carta en la finca El Ubérrimo, ustedes han impedido que se esclarezca este asesinato y con una maniobra sucia cambiaron el Fiscal del caso”, “¿me deja hablar?”, le replicó Uribe, “sí, hable, diga otra mentira”, le contestó don Raúl.

Un reclamo semejante le hizo al entonces Presidente Santos (2010-2018), quien fue Ministro de Defensa de Uribe durante esta oleada criminal de los Falsos Positivos, “usted era el Ministro de Defensa en el 2006 cuando asesinaron a mi hijo, usted con Uribe son asesinos de los colombianos”, le reprochó don Raúl a Santos.

Mi hijo, decía don Raúl, fue asesinado en la misma zona donde masacraron a la mayoría de los muchachos desaparecidos en Soacha, todos ejecutados cerca de Ocaña donde queda la Base Militar sede de la Brigada Móvil 15, orgánica de la Segunda División del Ejército.

En represalia a sus esfuerzos por esclarecer estos crímenes del terror de Estado llevaron a los militares a investigarlo a él y a su familia para amedrentarlo; esto explica por qué ninguna autoridad le ayudó a don Raúl a esclarecer el asesinato de su hijo, aun cuando ‘tocó todas las puertas’ posibles.

Jóvenes soldados y policías es hora de la reflexión, de no entregar sus esfuerzos a unas Fuerzas Armadas en las que sus mandos asesinan a sangre fría a millares de colombianos inocentes, caen hasta quienes los defienden con las armas, mientras los políticos se enriquecen encubriendo esos macabros crímenes.

Don Raúl Carvajal bien podría ser el padre de ustedes, su ejemplo vivirá por los siglos y tiene en el cielo y en el corazón de los humildes el mejor referente de un padre justo, amoroso y valiente que no agachó la cabeza frente a un poder ilícito que hace de la vida de los humildes el más lucrativo negocio.

Cordialmente,

Nicolás Rodríguez Bautista

Comandante del ELN