
Por: Orlando Cienfuegos, corresponsal de Antorcha.
En los últimos días, Estados Unidos ha visto crecer una ola de movilizaciones contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), una fuerza estatal que se ha convertido en símbolo del autoritarismo contemporáneo. Las calles de Minneapolis, Nueva York, San Francisco y otras ciudades se han llenado de carteles que dicen “Fuera ICE” y “ICE es la Gestapo de Trump”, mientras miles de personas —migrantes, trabajadores, estudiantes, sectores progresistas del pueblo estadounidense— denuncian una ofensiva migratoria cada vez más brutal.
La respuesta del poder ha sido despreciable y predecible: La represión. Detenciones masivas, heridos, persecución selectiva y asesinatos. El gobierno ultraconservador y violador sistemático de derechos humanos encabezado por Donald Trump no solo respalda a ICE, lo alimenta políticamente, lo blinda legalmente y lo presenta como “defensa nacional”, cuando en realidad es una maquinaria de control social que revive el supremacismo blanco como doctrina práctica de Estado. Lo que ocurre hoy en Estados Unidos no es simplemente una “política migratoria dura”, es una estrategia de terror institucional contra los pobres y los racializados.
¿Qué es ICE y qué ha significado para los latinos?
ICE nació tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, como parte de la reestructuración del sistema de «seguridad nacional». Bajo el discurso de la “lucha antiterrorista”, el inmigrante fue colocado en el lugar del enemigo interno. En nombre de la “seguridad”, se creó un aparato de persecución que hoy cuenta con más de 20.000 agentes, que opera como una fuerza paramilitar dentro del país, pasando por encima de la autonomía y autoridades de los Estados, así como de los derechos humanos.
Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, la maquinaria se aceleró: más de 250.000 inmigrantes han sido detenidos y las deportaciones por arrestos dentro del territorio estadounidense alcanzan 540.000, según análisis de datos federales citados por The New York Times. No se trata de “criminales peligrosos”, como insiste la propaganda oficial, sino de trabajadores, madres, jóvenes y comunidades enteras criminalizadas y perseguidas por su acento, su piel o su origen.
La violencia no es un exceso aislado, hace parte estructural del método represivo de ICE. Solo en 2025, 32 migrantes murieron bajo custodia de ICE, la cifra más alta en dos décadas; y en lo que va de 2026 ya se reportan más muertes en centros de detención. Varias de ellas se explican por dos factores inseparables: brutalidad represiva en redadas y protestas, y negligencia médica en los centros de reclusión. Es decir, violencia directa y violencia por abandono, ambas son violaciones descaradas a los derechos humanos.
Casos emblemáticos: la política del escarmiento
Las movilizaciones recientes se encendieron con dos muertes que han golpeado la conciencia popular. La escritora y poeta Renee Good, madre de tres hijos, fue asesinada el 7 de enero por disparos de un agente de ICE durante una redada antimigratoria en Minneapolis. Poco después, el enfermero Alex Pretti, de 37 años, fue ejecutado a quemarropa por agentes de la Patrulla Fronteriza (CBP) mientras intentaba auxiliar a una manifestante. Los vídeos desmintieron la narrativa oficial, pero el Estado intentó criminalizar a las víctimas, llamándolas “terroristas domésticos”.
El caso de Liam Conejo Ramos, el niño ecuatoriano, detenido por ICE también se volvió en un símbolo descaro del ICE y una fuente de indignación, muestra que en este régimen de persecución ningún cuerpo es demasiado pequeño para ser convertido en sospechoso. Y como si no bastara, la represión se extendió incluso contra periodistas. En Minnesota, el expresentador Don Lemon y la periodista Georgia Fort fueron detenidos por cubrir una protesta anti ICE en una iglesia. Por estas acciones, una jueza federal terminó prohibiendo el uso de la fuerza contra manifestantes, incluyendo gas pimienta y municiones “no letales”, tras documentar amenazas, persecuciones y prácticas intimidatorias de agentes del ICE. El mensaje es claro, el trumpismo quiere un país -Imperio- donde los paramilitares del ICE cuenten con total impunidad y ser migrante, protestante, periodista o niño sea un delito.
El enemigo no es el migrante, es el sistema
¿Por qué el Estado necesita esta violencia? Porque la política migratoria no es solo control fronterizo, es control laboral, político y de la riqueza. El migrante indocumentado es funcional al capitalismo estadounidense: mano de obra barata, disciplinada por el miedo, obligada a aceptar las labores más duras —agricultura, construcción, minería, empacadoras, servicios de alto riesgo— en condiciones de sobreexplotación.
ICE actúa como un látigo moderno, persigue al trabajador para mantenerlo dócil, vulnerable, callado. Y cuando el migrante se organiza, protesta o denuncia, el castigo llega en forma de redadas sin orden judicial, detenciones arbitrarias, deportaciones expres
y encierros masivos. No es casual que se planee convertir más de 20 bodegas en centros de detención, con megacárceles de hasta 9.500 personas. Es la industria del encierro al servicio del capital.
La represión contra periodistas revela algo más, los gringos ya no solo castigan al migrante, sino también al que cuenta la verdad. Y cuando el imperialismo persigue cámaras y micrófonos, es porque teme al pueblo informado.
La migración no se resuelve con cárceles, sino con justicia histórica y social
La criminalización, persecución y represión ejercida por el gobierno estadounidense a través de ICE ha abierto un debate inevitable sobre racismo, clasismo, supremacismo blanco y derechos humanos. Pero también obliga a mirar la raíz: ¿por qué hay tantos inmigrantes en Estados Unidos?
No emigran por “capricho”. Emigran porque América Latina ha sido condenada al subdesarrollo por el saqueo histórico de sus recursos y riquezas, por la dependencia económica impuesta por Estados Unidos y las potencias occidentales, por las políticas neoliberales que destruyen el trabajo digno y expulsan a los pueblos de su tierra. La migración es, en gran parte, una consecuencia del imperialismo.
La solución no es militarizar la vida, ni convertir al migrante en enemigo. La solución pasa por romper la dependencia, acabar el saqueo, recuperar soberanía y construir un proyecto de dignidad para nuestros pueblos, donde la gente tenga oportunidades, esperanzas y aspiraciones de vivir dignamente en sus territorios de origen. Mientras eso no ocurra, ICE seguirá siendo lo que es, el rostro armado de un sistema que necesita pobres sin derechos para sostener su riqueza.
