Por: Soraya Giraldo

La historia política de Colombia resulta ser un triste, sádico y dramático relato nacional desconocido por la gran mayoría del pueblo colombiano, la cual nos revela la frialdad, desigualdad y clasismo con que han actuado quienes han ostentado del poder desde la conformación de la república a inicios del siglo XIX.

Esto se demuestra fácilmente a sabiendas de que desde el principio fueron negados los derechos políticos al pueblo, en su mayoría gente iletrada, analfabetas, sin tierra y sin ninguna propiedad más allá de su fuerza de trabajo y su participación como peones en las guerras independentistas. Artesanos, campesinos, mineros y labriegos indígenas, afros y mestizos conformaban esa masa en la que recaería la explotación, la esclavitud y la servidumbre más aterradora.

Durante dos siglos se volvió común la idea de que los pobres por tener está condición no tenían la capacidad para gobernar ni participar en política más allá del voto. Seríamos entonces conocidos como la “patria boba” dirigida por personajes “cultos” y adinerados inclinados por el individualismo, la ambición y las ganas de acumulación desmedida. Dejábamos atrás la monarquía para ingresar ciegamente a una república que desconocía las brechas sociales y económicas heredadas de la corona española como también la nula aceptación de la diversidad étnica, cultural y económica del pueblo que la conformaba.

Contexto que generó grandes heridas en las masas inconformes con su realidad, quienes empezarían a reclamar mejores condiciones laborales y la posibilidad de acceder a la tierra. Situación que empezó a efervecer a inicios del siglo XX, extendida en campos y ciudades y que tuvo sus mayores picos de rebeldía entre 1958 a 1964 en pleno Frente Nacional, que daría como resultado la conformación de grupos guerrilleros, sindicatos y agremiaciones campesinas, obreras y estudiantiles, fortalecidas en las décadas siguientes. Así como también grupos de bandidos sin ley ni orden que mantendrían el terror principalmente en la ruralidad y que podríamos decir son el antecedente del paramilitarismo actual.

El gobierno avecinaba su caída y cómplice de latifundistas, hacendados, terratenientes y políticos corruptos hecho mano de las expropiaciones, asesinatos, robos y masacres como arma política para mantener intacto su statu quo. Su accionar cobarde generó en el pueblo obrero y campesino profundas llagas que serían la llama que mantendría durante nuestra historia el constante enfrentamiento armado, una verdadera lucha de clases, que luego sería manipulada por los oligarcas a su favor.

Guerra tras guerra permitió la constituyente de 1991, hecho relevante sin duda, pero igualmente decepcionante, en tanto sus buenos deseos de incluir a todos y todas las colombianas en el desarrollo de la nación, quedó como siempre en el papel de 296 páginas, que dictan un país múltiple, diverso, democrático y potente. El miedo de los herederos del poder a perder sus beneficios económicos, políticos y sociales no ha permitido hacer de la carta magna algo real. En cambio ha llevado a Colombia a sufrir hoy día el terrorismo de Estado más despiadado de todo el continente con cifras alarmantes de miseria, masacres, desplazamientos, guerra, violencia, hambre y destrucción. Seguimos siendo administrados como peones jornaleros de una hacienda que por título tendrá El ubérrimo, millones de hectáreas dedicadas al narcotráfico y a cultivar la narcocultura en cabeza del gamonal Matarife y su séquito de parásitos que carcomen al país, incluidos liberales, conservadores y todos sus descendientes en el abanico multicolor de partidos políticos que hoy hacen mayoría en el congreso de la república.

Si el pueblo de a pie conociese esta historia quizás otro sería el cuento, pero la realidad es otra. Seguimos siendo ignorantes de nuestro pasado y por ello, los bandidos continúan invictos en la Casa de Nariño. Ahora bien, se acerca el 2022 y la esperanza de tener un gobierno progresista va tomando fuerza. El llamado es a la organización, al estudio permanente y a la participación decisiva en política con el fin de poder instaurar cimientos que renueven la manera de gobernar y hacer país.

Sin embargo, debemos tener presente la capacidad de manipulación del enemigo que instrumentaliza todos los medios posibles para mantener al pueblo bajo la ideología del miedo y el odio, disfrazado en discursos engañosos y de aparente normalidad, donde pintan un país bien lejano al que tenemos mientras a la luz pública asesina, desaparece a la oposición política y a los rebeldes, en complicidad con las fuerzas armadas y paramilitares de ultraderecha mafiosa.

Es por ello que la organización social, política y armada en Colombia enmarcada en principios de libertad y resistencia debe continuar su trabajo pedagógico, de contrainformación y lucha para lograr aportar a la transformación estructural de este sistema social y político. La unidad como bandera y método de trabajo será la herramienta para hacer del 2022 una posibilidad cierta para los cambios.